Elimelech, Serafín de la Mano Negra

Elimelech el Dos Veces Condenado, Serafín de la Mano Negra.


Libertad frente a organización, voluntad frente a rectitud, antiguos frente a neonatos… Todas estas luchas caracterizan a los vampiros del Sabbat, que parecen unidos tan sólo por el odio que sienten hacia los Antediluvianos y por el desprecio que demuestran hacia el ganado.

Trasfondo: Murió Elimelech, marido de Noemí, y quedó ella con sus dos hijos. Ruth 1:3, una entrada en las filas de lo eterno tan auspiciada como pocas.
Elimelech de Judea nunca conoció a su Sire. ¿Era amable? ¿Cruel? ¿Le concedió la Maldición de Caín a su chiquillo como una bendición o como un castigo? ¿Podía la condenación caer por azar sobre los inconscientes o había algún propósito oculto detrás de ella? ¿Sin el cabeza de familia qué sería de su hogar en esta tierra extraña?

Después de levantarse y verle pálido, frío e inmóvil, Noemí, esposa de Elimelech, depositó a su marido en una tumba poco profunda y sin marcar. Tres noches después él encontró la fuerza para levantarse, abriéndose paso a través de la fría tierra con sus manos. Medio loco, y poseído por una sed que ninguna fuente de este mundo podría clamar, el de Judea emprendió el camino hacia el este en busca de su amada familia y de un modo de librarse de la aborrecible no-vida a la que había sido arrojado.

La búsqueda de Elimelech llevó meses, pero al final encontró a los suyos, en la región de Moab, donde sus hijos habían tomado por esposas a idólatras convertidas, formando sus propias familias. El trauma fue demasiado fuerte para el neonato Cainita; la mañana encontró a Mahlon y a Chilion, los hijos de Elimelech, en un campo, con las gargantas destrozadas. Fueron las víctimas inconscientes del hambre demoníaca de su padre, y sus muertes volvieron a dejar sola a Naomí, su madre. Lágrimas de sangre corrían por las mejillas de Elimelech mientras contemplaba la maligna cosecha que había recogido; vio cómo su viuda (que ahora se hacía llamar Mara [“amarga”] porque, como ella decía “El Todopoderoso se me ha tratado muy amargamente”) recogía todas sus posesiones mundanas. Desde lejos, contempló la airada confrontación con sus heredadas hijas, la angustiosa separación que siguió cuando Orpah se quedó atrás, incapaz de abandonar la vida que había construido en la aldea moabita. Sin embargo, Ruth acompañó a su madrastra a través del desierto, sin una moneda y dignas de compasión.

Elimelech las siguió, atormentado entre la compulsión de ver que sus descendientes hicieran lo correcto y el vergonzoso secreto que le impedía revelar su presencia a las mujeres. Durante el transcurso de los años vio como su mujer y a su hija se reducían a segar gavillas de cebada en las tierras de otros simplemente para ganarse el sustento. Vio como la antes hermosa Ruth se volvía ojerosa y encorvada en los campos, desposada con un avariento pariente tres décadas mayor que ella en una incestuosa parodia de matrimonio. Noemí, llamada Mara, se estableció con una familia que la prestaba poca atención cara a cara y que se burlaba cruelmente de ella a sus espaldas.

Incluso las tierras de Elimelech en Judea fueron divididas y vendidas a ladrones y esclavistas.

Si mi Señor así lo quiere, así debe ser, se dijo a sí mismo el difunto Elimelech de Judea, intentando aceptar su existencia antinatural. Estableció su residencia en una serie de cavernas que colindaban al sur con el Mar Muerto, y se alimentó del ganado y de los vagabundos dormidos. Siguió vigilando a su familia y a sus familias, para hacer por ellos lo que no pudo hacer por sus propios hijos, aunque siempre desde la distancia y siempre solo, no fuera a caer de nuevo presa de la locura que le arrancó a sus hijos. El Cainita se condenó a sí mismo a una eternidad de soledad por sus pecados, y aguardó resuelto su sentencia.
Generaciones vinieron y se marcharon, como pasan las estaciones, ante los ojos fatigados por el tiempo de Elimelech. Sin embargo, su inmortalidad no le dio inmunidad contra el mordisco de la tragedia. El de Judea tuvo noticias de Orpah, su hija extraviada, que por aquel entonces ya era una anciana. Había sido perseguida y torturada junto a sus hijas y sus nietas a manos de los moabitas, que no se habían fiado de su anterior conversión religiosa. Vio a la enfermedad descender sobre la aldea de Belén en Judea, a su nieto Obed morir por la plaga, y a su mujer y a sus hijas volverse estériles. Muchos años después, las tierras de los ancestros de Elimelech, así como los pocos descendientes que aún no se hallaban dispersos por las cuatro esquinas del mundo, fueron invadidos por los Filisteos y convertidos en esclavos mientras él dormía durante las horas diurnas. Sólo quedó Elimelech, sin cambiar, sin morir, incapaz de evitar ninguna de las crueldades que el destino y Dios seguían infligiéndole, incapaz de aceptar que cualquier pecado le hubiera arrojado a este Infierno en la Tierra ni de perdonarse por los abominables crímenes que había cometido hace décadas. Elimelech abandonó las abrasadas ruinas de su hogar ancestral y vagó sin rumbo por los nuevos reinos de aquel antiguo mundo en busca de destrucción, redención condenación… lo que fuera.

Años más tarde, en el valle de Efes Dammim (N del T.- Valle del Alcornoque [Samuel 21:9]), cuando el campeón de Gath cayó ante la piedra arrojada por la honda de un niño-rey de Israel, Elimelech encontró una respuesta. Allí, a la tenue luz de una antorcha en el círculo de piedras de la arena donde David, bisnieto de Ruth, acabó con la vida de Goliath, bisnieto de Orpah, Elimelech se dio cuenta de que nunca terminaría… esta era una maldición de la que nadie podría escapar.

Esto bastó para cercenar los ya tenues lazos del ya antiguo vampiro con la realidad. Loco, Elimelech huyó de aquel lugar en busca del santo o del pecador que pudiera acabar con su no-vida. Se entregó a la Bestia durante un período de varios siglos, abandonándose a la merced de los cuatro vientos, asesinando indiscriminadamente, sin la intención ni la capacidad de separar al hombre del monstruo, cayendo en la indulgencia de cualquier exceso que su inhumana existencia le permitiera. Avanzó hacia el sur, en dirección a las arenas ardientes, donde los hijos de la serpiente descubrieron que no tenían encantos que aplacaran su alma salvaje. Se dirigió al este, hacia las inexploradas tierras baldías, en cuyos secretos olvidados y hechiceros no halló salvación. Elimelech viajó hacia el oeste, hasta el límite de las aguas, donde fue abrasado por la virtuosa llama y no pudo cruzar las puertas de la Ciudad Prohibida. Finalmente se dirigió hacia el norte, donde los nigromantes de Capadocia lo sometieron a los tormentos de sus griales y de sus grimorios. En verdad sangró Elimelech sobre la verdadera copa de Cristo, sólo para darse cuenta, demasiado tarde, de la traición de los pérfidos Cainitas. Una y otra vez se levantó el de Judea, burlando a la Muerte Definitiva, obligado a no reunirse nunca con su familia, por siempre atrapado entre el Cielo y el Infierno. Y así, en otro momento de dolorosa epifanía, el hijo de Nashon se preguntó si todo esto (pues hasta su nombre, Elimelech, significaba “mi Dios es rey”) podía haber estado predestinado… si no sería en verdad el vagabundo huérfano ante la victoria de Job, impotente ante aquello en lo que se estaba convirtiendo, incapaz de percibir una diferencia.

Al final, los viajes de Elimelech terminaron por aliarlo con la Mano Negra. Aunque es demasiado imprevisible como para que el Concilio de Serafines confíe plenamente en él, es demasiado viejo y poderoso como para ser dado de lado. Ha recorrido el mundo palmo a palmo, y ha asesinado a innumerables almas en el transcurso de los milenios, durante los cuales ha sido dolorosamente consciente de sus acciones. Para él, la manus nigrum no es más que el medio para alcanzar una meta, otro entretenimiento con el que matar el tiempo en la eternidad.

Participa en los patéticos juegos de la facción mientras intenta olvidar lo que fue una vez y aquello en lo que se ha convertido. En vano, utiliza a la Mano Negra para distraerse de la cosa que crece sentir poco a poco en su interior y que le obliga, cada vez con más frecuencia, a tirar de las riendas de todo su ser.

Quizá el fin sea inminente; quizá, en alguna de las próximas noches, esa criatura se alzará para asumir el control permanentemente, eclipsando para siempre todo lo que es Elimelech (que ya ha degenerado hasta el punto en el que sólo la sangre Cainita, y no la humana, aplaca su terrible sed, una hipocresía que satisface con los ya escasos recursos de la Mano Negra). Por el momento, los Serafines le aceptan (provisionalmente) como su igual, incluyéndole en sus deliberaciones, escuchando su consejo cuando está en sus cabales y enviándolo encadenado y vociferante a su celda cuando no lo está. Y, aún así, se preguntan los Serafines si los gritos no son en realidad sollozos. Todos y cada uno de los tan reverenciados antiguos de la Mano Negra se niegan a entrar en una habitación a solas con Elimelech, por razones sobre las que ninguno de ellos discute.

Imagen: Elimelech tiene una cara totalmente inapropiada para ser uno de los vampiros más terribles de la Mano Negra del Sabbat. Aunque se rumorea que su apariencia cambia cuando se encuentra solo en la intimidad, Elimelech suele parecer un hombre con aspecto de abuelo de ascendencia persa o mesopotámica. Lleva las mismas ropas que vestía en los días que pasó en vida con Ruth en Moab: una simple camisa de lino y un par de desgastadas sandalias. Los individuos cercanos a él juran que su piel se ha oscurecido con la edad y que es un Assamita, pero Elimelech ni confirma ni desmiente estas afirmaciones.

Sugerencias de Interpretación: Para cualquiera que te observe durante cualquier lapso de tiempo, resulta obvio que estás peligrosamente cerca del borde del abismo. Con el paso de cada año, tus períodos de lucidez se hacen cada vez menos frecuentes.

Cuando la Bestia toma tus riendas, tu aburrimiento da paso a algo diabólico y depravado, algo que disfruta siendo uno de los Condenados. Hay algo que acecha justo bajo la superficie y que espera una oportunidad para alzarse, algo que hubiera sido destruido por el Elimelech perdido, temeroso de Dios, mercader y padre de cuatro hijos, en lugar de permitir su existencia.

Clan: Ninguno (¿Acaso significa algo el linaje de sangre para criaturas tan antiguas?)
Sire: Desconocido
Naturaleza: Monstruo
Conducta: Masoquista
Generación: Desconocida, pero de le atribuye cualquier generación entre la 2ª y la 5ª
Abrazo: Ruth 1:3
Edad Aparente: Indeterminada. Aunque el Serafín no podía pasar de los 30 o 35 años en el momento de su renacimiento, sus rasgos envejecidos y arrugados corresponden a los de un hombre en los 50.
Físicas: Fuerza 4, Destreza 3, Resistencia 7
Sociales: Carisma 4, Manipulación 5, Apariencia 3
Mentales: Percepción 8, Inteligencia 9, Astucia 5
Talentos: Alerta 6, Atletismo 2, Callejeo 2, Esquivar 4, Empatía 5, Expresión (oración) 4, Intimidación 3, Liderazgo 4, Pelea 3, Subterfugio 4
Técnicas: Armas C.C. 2, Equitación 1, Etiqueta 2, Herbolaria 4, Interpretación 5, Trato con Animales 2, Sigilo 3, Supervivencia 4
Conocimientos: Academicismo 4, Ciencias (agricultura) 5, Historia 9, Investigación 5, Leyes 1, Lingüística (milenios de lenguas vivas y muertas) 8, Medicina 2, Ocultismo 4, Sabiduría Popular 6
Disciplinas: Animalismo 2, Auspex 8, Celeridad 2, Dementación 9, Dominación 7, Fortaleza 9, Nigromancia 1, Ofuscación 7, Potencia 3, Presencia 1, Protean 3
Sendas Nigrománticas: Senda del Sepulcro 1
Trasfondos: Aliados 6, Miembro de la Mano Negra 5, Posición en el Sabbat 8
Virtudes: Consciencia 2, Autocontrol 1, Coraje 2
Moralidad: Humanidad 1
Fuerza de Voluntad: 10