Hitchcock

El maravilloso secreto que hizo de Hitchcock el Tusitala del cine – Tusitala, contador de cuentos, era el nombre con que bautizaron a Stevenson los indígenas de los Mares del Sur- se llamaba Mac Guffin.

 Lo descubrió accidentalmente en un tren. Otro viajero portaba un extraño equipaje. Por curiosidad, Hitchcock preguntó: «¿Qué es ese paquete que ha colocado en la red? » A lo que el otro contestó: «Oh, es un Mac Guffin». Naturalmente, aquello requería una explicación. «¿Qué es un Mac Guffin?» La respuesta fue contundente: « Pues un aparato para atrapar a los leones en las montañas de Adirondaks». Hitch cayó en la cuenta enseguida de que no había leones en las Adirondaks, pero, entonces, ¿qué había en el paquete?».

EL SUSPENSO Probablemente el mejor libro de cine jamás escrito lo compusieron al alimón François Truffaut y Alfred Hitchcock, el primero preguntando sagazmente al maestro del suspense por los pormenores de su larga carrera y el segundo legando a la posteridad con sus respuestas no sólo las claves de su propio trabajo sino una impagable lección, rebosante de gracia y de sentido común, de cómo hacer interesante una historia, ese arte para el cual quizás nadie como él estuvo mejor dotado en la ya casi centenaria existencia del cine. Aunque Alfred Hitchcock no inventó el suspense, nadie supo manejarlo con mayor habilidad. Para explicarlo puso un ejemplo, muy clarificador, que aparece en el libro citado: « Nosotros estamos hablando, acaso hay una bomba debajo de la mesa y nuestra conversación es muy anodina, no sucede nada especial y de repente: bum, explosión. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena anodina, desprovista de interés. Examinemos ahora el suspenso. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que un anarquista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa de la escena. Tiene ganas de decir a los personajes que están en la pantalla: “No deberías contar cosas tan banales; hay una bomba debajo de la mesa y pronto va a estallar”. En el primer caso se le ha ofrecido quince minutos de suspense. Alfred Hitchcock, llamado con razón el mago del suspense, conocía a la perfección los mecanismos psicológicos del público y los utilizaba para mantenerlo en vilo ante un suceso inminente y fatal.

EL MIEDOSO El hombre que sabía en cada película cómo meterse al público en el bolsillo, aquel para quien el cine era un montón de salas vacías que llenar, ese gordinflón flemático y lúcido cuya silueta caricaturesca ha dado la vuelta al mundo, ese demiurgo de la emoción que jugaba frívolamente con el terror de los espectadores, se confesaba muy miedoso. Nació un 13 de agosto de 1899 en el neblinoso Londres de Sherlock Holmes, Jack el Destripador y Scotland Yard. Era hijo de un comerciante de aves al por mayor y numerosas fueron también las aves que acosaron siniestramente a los personajes Mitch Brenner ( Rod Taylor) y Melanie Daniels (Tippi Hedren) en un film estremecedor titulado Los pájaros. Cuando tenía cuatro años su padre lo mandó a la comisaría de policía con una carta. El comisario la leyó y lo encerró en una celda durante algunos minutos diciéndole: « Esto es lo que se hace con los niños malos. ». Nunca comprendió la razón de esta broma siniestra, porque su padre lo llamó su «ovejita sin mancha” y vivió una infancia disciplinada, aunque algo excéntrica y solitaria, escudriñando siempre desde su rincón, con los ojos muy abiertos, todo lo que pasaba a su alrededor. Fue educado con severidad por los jesuitas en el Saint Ignatius College de Londres, donde se imponían castigos corporales con una palmeta de goma muy dura. Su administración no obstante, no era inmediata, después de escuchar la sentencia, para pasarse al final de la jornada por el despacho del cura. Esta práctica acentuó el miedo del pequeño Alfred a todo lo prohibido y le descubrió los condimentos más emocionantes del suspense, esa turbia confusión sadomasoquista que florece ante lo inminente y fatal. No fue un alumno muy brillante, aunque destacaba en Geografía. Comenzó los estudios de ingeniero en la School of Engineering and Navigation y al mismo tiempo siguió cursos de dibujo en la sección de Bellas Artes de la Universidad de Londres. Desde los dieciséis años leía con avives revistas de cine y no se perdía las películas de Chaplin, Buster Keaton, Douglas Fairbanks y Mary Pickford.

Pudo admirar, cuando aquellos films constituían una auténtica revelación de las ilimitadas posibilidades del cine. El nacimiento de una nación (1915) e Intolerancia (1916), apabullante éxito y estrepitoso fracaso respectivamente del gran Griffith. Años después le impresionó vivamente un film de Fritz Lang, Der müde Tod (Las tres luces, 1921), historia fantástica que desarrolla el tema romántico de la lucha entre el amor y la muerte mediante tres episodios que suceden en China, Bagdad y Venecia, y que decidió así mismo la vocación cinematográfica del español Luis Buñuel. En 1920 comienza a trabajar en Inglaterra como dibujante de títulos para cine mudo y ya en 1922 trabaja como director en Always tell your wife y deja incabada la película Number thirteen. Pasa a ese mismo año a ser adaptador, dialoguista, decorador y ayudante de dirección en De mujer a mujer (Woman to woman), dirigida por Graham Cutts, y durante el rodaje conoce a la que será su futura esposa, madre de sus hijos y fiel compañera de toda la vida, la entonces script y montadora Alma Reville. En 1925 dirige en Munich para él inteligente y fecundo productor Michael Balcon The pleasure garden y The mountain eagle, pero no obtiene el éxito definitivo hasta 1926 on The lodger, primera película en la que él mismo aparece fugazmente, lo que se convertirá luego en un guiño y una costumbre esperada por el público.

FALSO CULPABLE Esta película, estrenada en el ámbito hispanoparlante como El inquilino, El vengador o El enemigo de las rubias, preanuncia los méritos más sobresalientes de Hitchcock. Él mismo manifiesta repetidamente que las películas mudas eran la forma más pura del cine y que éste fue su primer film personal. Está narrado desde el punto de vista de una mujer que alquila una habitación amueblada a un misterioso personaje, de quien sospecha que sea el sórdido «Vengador», una suerte de Jack el Destripador a quien se le imputan horrorosos crímenes siempre perpetrados contra jóvenes rubias. En este clima amenazante, numerosos indicios falsos acusan al inquilino, y la trama, progresivamente más dramática, alcanza su clímax en un intento de linchamiento del inocente. El tema es, pues, el de casi todos sus films: el hombre acusado injustamente de un crimen que no ha cometido, lo que produce una mayor sensación de peligro en los espectadores que si éste fuera culpable y permite una emocionante identificación con el protagonista. Es el caso de Inocencia y juventud (1937), Sospecha (1941), Falso culpable (1957), Frenesí (1972), etc., aunque en La sombra de una duda (1953), Charlie Oakley (Joseph Cotten), el encantador tío de la candorosa Charlie Newton (Teresa Wright), es efectivamente un despiadado asesino de viudas ricas, lo cual atestigua que no hay que fiarse nunca tratándose del malicioso Alfred Hithcock.

EL HOMBRE QUE SABÍA DEMASIADO En 1929 dirigió su primera película sonora, Blackmail (La muchacha de Londres), donde incluyó una célebre persecución trucada por el Museo Británico; en Murder , película de 1930 con guión de su esposa, utiliza por primera vez, simultáneamente a L´age d´or de Buñuel, a la voz en off como monólogo interior de un personaje. Una muchacha es hallada culpable de haber asesinado a una de sus amigas, pero uno de los miembros del jurado, sir John (Herbert Marsail ), cree en su inocencia. Se trata de una típica película con enigma, lo que los ingleses llaman un whodunit (¿quién lo hizo ?), fríos rompecabezas a lo Agatha Christie basados siempre en quién es el asesino, que a Hitchcock nunca le interesaron porque pensaba que carecían de emoción. Al respecto el cineasta comentaba una anécdota :« Cuando empezó la televisión había dos cadenas rivales que competían entre sí. La primera cadena anunció una emisión whodunit. Y justo antes de esta emisión, un locutor de la cadena rival anunció:” Podemos decirles ya que el whodunit que emitirá la cadena rival el culpable es el criado”.». En la época en que rodó 39 escalones, Hitchcock adoptó la atmósfera propia del expresiomismo alemán, pero despojando de ” relaismo ” a sus personajes y acontecimientos y dotándolos de un elemento esencial en sus filmes : la ambivalencia. Su última película en Inglaterra, aunque luego regresaría para rodar alguna más, fue Posada Jamaica (1939). Finalizada ésta firmó un contrato por siete años, tras arduas negociaciones, con el encumbrado productor norteamericano David O´Selznick, que ese mismo año batía todos los récords de taquilla con un fin mítico al que había entregado todas sus energías durante mucho tiempo: Lo que el viento se llevó. Pese a que había sido llamado para rodar una historia sobre el siniestro del Titanic, la primera realización norteamericana de Hitchcock,- que por aquella época, cosa rara en un director, era ya garantía de diversión entre el público como podría serlo una de las grandes estrellas del firmamento de Hollywood- fue Rebeca (1940), una historia morbosa acaecida en la vieja mansión de Manderley, en la que la amenazada señora de Winter (Joan Fontaine ), que había ocupado el lugar de la primera esposa de lord Winter (Laurence Olivier), llamada Rebeca y muerta en circunstancias oscuras, vestía una característica chaqueta de punto que desde entonces se denominó rebeca.

Con Psicosis Hitchcock logró un clásico del suspense; el apuñalamiento de Janet Leigh en la ducha es una de las secuencias más perfectas de la historia del cine. Su actitud beligerante frente a las atrocidades nazis que estaban poniendo en peligro la seguridad de su patria británica es notoria en films como Enviado especial (1940) o Náufragos (1943), película esta última que constituye todo un reto, porque se desenvuelve íntegramente en un ámbito claustrofóbico y en un espacio rigurosamente acotado que recrea una suerte de microcosmos de la guerra : un bote salvavidas donde ocho personajes , uno de ellos el capitán del submarino alemán agresor, luchan angustiosamente para sobrevivir al naufragio. ¿Cómo se las ingeniaría Hitchcock para llevar a cabo su habitual aparición fugaz en la pantalla dadas estas condiciones tan especiales? Pues muy sencillo, su popular estampa es fácilmente identificable en una fotografía de un periódico que, por un milagroso azar, se cuenta entre los escasos objetos rescatados de la catástrofe.

CON LA MUERTE EN LOS TALONES Liberado del acuerdo que loligaba a O´Selznick, fundó su propia productora con Sidney Bernstein, opulento distribuidor cinematográfico en Inglaterra, e inmediatamente intentó con precocidad anticipatoria lo que luego sería el estilo clásico de rodaje en televisión, y que se llamó el T.M.T. (Ten Minutes Take ). Consiste en agotar los trescientos metros de la bobina de una cámara- cien metros de la bobina de una cámara- unos diez minutos de duración- en una sola toma, lo que exige un rodaje férreamente programado y un estilo caracterizado por el plano secuencia. Esta innovación técnica había sido prevista para abaratar costes y obtener el máximo rendimiento industrial, pero con este método produjo una singularísima, aunque muy discutida, obra maestra, La soga (1948), que está narrada en tiempo real y supuestamente – porque la verdad es que tiene que recurrir a trucos para cambiar las bobinas- rodada en un solo plano- secuencia de ochenta minutos. Durante los años cincuenta Hitchcock realizó algunas de sus películas más célebres: Extraños en un tren (1951), sobre una novela de Patricia Highsmith y guión de Raymond Chandler, donde se lleva a cabo un pacto siniestro para intercambiar dos asesinatos y que los crímenes resulten impunes: Yo confieso (1952), que describe el drama de conciencia del padre Michael Logan, espléndidamente interpretado por Montgomery Clift; La ventana indiscreta (1954), impagable reflexión sobre el lugar del espectador cinematográfico; Atrapa a un ladrón (1955), último filme con su actriz preferida, Grace Kelly, que después de interpretar a Frances Stevens conduciendo endiabladamente popr unas sinuosas carreteras de la Costa Azul lo abandonó para casarse con el príncipe de Mónaco y más tarde encontrar la muerte en un accidente de tráfico en ese mismo lugar; Pero ¿quién mató a Harry? (1956), extrañísima comedia con cadáver donde se dio a conocer Shirley McLaine y que resulta desconcertante por absurdamente lógica; y, en fin, Falso culpable, Vértigo, Con la muerte en los talones…, todas historias que mantienen una inusual frescura pasados los años y que sigue avalándolo como el mago indiscutido del suspense. Trabajó como productor de televisión en los programas Alfred Hitchcock presenta y La hora de Alfred Hitchcock, algunos de los cuales dirigió, pero que presentó invariablemente entre 1955 y 1965, salvo en una ocasión en la que, por enfermedad, fue sustituido por James Stewart. En los años sesenta realizó dos films terroríficos, Psicosis (1960), donde se cuentan los locos crímenes de Norman Bates (Anthony Perkins) que han seguido proliferando en segundas y terceras partes, y el arriba mencionado Los pájaros (1963), sobre una novela de Daphne Du Maurier. Su última película fue La trama (1976), aunque la muerte le sorprendió el 29 de abril de 1980 preparando ansiosamente, con su rigor y meticulosidad habituales, un nuevo guión de hierro para su película número cincuenta y cuatro, sobre la novela de Ronald Kirkbride titulada The Short Night. Sin embargo, pese al homenaje brindado el 7 de marzo de 1979 por el American Film Institute en Beverly Hills y a ser nombrado «sir» en 1980 por la reina Isabel II de Inglaterra, sus postreros años fueron tristes. Para entonces ya se sabía víctima del cáncer, era la sombra de sí mismo y no temía acelerar su muerte con algunos vodkas prohibidos. Hitchcock, que había dicho «mi amor por el cine es más fuerte que cualquier moral», ya no podía hacer cine.

VÉRTIGO FINAL Y ahora volvamos al Mac Guffin. Se recordará que resultaba muy improbable que se tratara de «un aparato para atrapar a los leones en las montañas de Adirondaks », dado que es sabido que no se encuentran leones en esa región. ¿Se dedicó por fin Hitchcock a interrogar de nuevo al pasajero sobre el contenido del paquete ? Sí. «!Pero si no hay leones en Adirondaks!», exclamó. A lo que respondió su interlocutor impasible:«En ese caso no es un Mac Guffin. » Con esta anécdota trataba de ilustrar el vacío del Mac Guffin, la nada del Mac Guffin y, sin embargo, Hitchcock construía la mayoría de sus films alrededor de esa cláusula secreta , de ese algo – una botella conteniendo uranio, unos documentos privados, un misterio cualquiera – que debería poseer una enorme importancia para los personajes de la película, pero que era sólo un truco, un mero pretexto que carecía completamente de interés para el infalible narrador Alfred Hitchcock. Los pájaros, rodada en 1963 con guión de Evan Hunter basado en la novela de Daphne Du Maurier, ha sido considerada como la última gran película de Alfred Hithcock . En esta película , el resentimiento sordo y contenido de una enigmática mujer, Tippi Hedren, se traduce en el ataque imprevisto y violento de miles de pájaros.

Este documento fue aportado por Queen. 11 de Marzo del 2004.