La Lextalionis

CazeriaLa existencia de la Estirpe está marcada con sangre, y también el castigo por romper las leyes de esa existencia. La mayoría de los eruditos de la Estirpe pueden fechar la Lextalionis en los tiempos de Caín, ya que sigue el precepto del Viejo Testamento del “ojo por ojo, diente por diente”. Bien pudiera ser que este fuera el único legado de Caín que sigue sobreviviendo en la edad moderna sin corromperse con el tiempo. Entre los Vástagos más jóvenes y menos preocupados por las tradiciones, la práctica se llama la caza de sangre.

La Lextalionis está directamente relacionada con la Sexta Tradición, y probablemente haya sido así desde su principio. La Sexta Tradición ordena que sólo el más antiguo puede convocar la caza de sangre, empleándose el término “más antiguo” para referirse al príncipe. Aunque quizá haya otros antiguos en la ciudad que pudieran tratar de convocar una caza de sangre, no tienen ni el derecho ni la autoridad para hacerlo. El llamamiento de la caza es competencia del príncipe, y éste tiene todo el derecho de castigar a alguien que usurpe su derecho otorgado por la Tradición. Cualquier Vástago lo bastante estúpido para seguir el llamamiento de un antiguo demasiado presuntuoso a menudo sufre el mismo castigo que habría infligido a otro, aunque se han hecho raras excepciones con neonatos y chiquillos a los que no se les ha enseñado la ley.

La caza de sangre puede convocarse por varios delitos:

  • Asesinato de semejantes.
  • Ruptura a gran escala de la Mascarada o continuas ofensas al respecto.
  • Invasión de un dominio, que ha desembocado en el asesinato de semejantes o rupturas de la Mascarada.
  • Cualquier comportamiento que se considere una amenaza para la seguridad de la Mascarada y los Vástagos de la ciudad.

La caza se declara formalmente en el Elíseo, y se espera que los primogénitos y los presentes comuniquen la declaración a sus compañeros de clan, o al menos que la transmitan a la red de rumores.

Todos los que escuchen el llamamiento deben participar, al menos nominalmente, en la caza, incluso si encuentran la actividad desagradable o incorrecta. Por suerte para aquellos que pudieran no estar de acuerdo con una caza, en estos tiempos que corren, “participar” puede significar quitarse del camino de los perseguidores y no interferir en sus asuntos. Algunos Vástagos encuentran la caza emocionante de la misma manera que pudieran disfrutar antes con la caza del zorro, gozando con la persecución y derribando a la presa. Según estos apasionados cazadores, hay pocas emociones superiores a la que sienten los depredadores que cazan depredadores, y cada ciudad parece tener uno o dos Vástagos que se ponen en la vanguardia de la partida de caza. Ese exceso de entusiasmo es fuente de inquietud para unos cuantos antiguos. Al fin y al cabo, la sobre excitación durante el caos de una caza de sangre parece a algunos una invitación a una barra libre. No se sabe quién pudiera morir “accidentalmente junto a la presa original (o en vez de ella).

Ayudar y socorrer a la presa de una caza de sangre es peligroso, y a menudo una manera segura de convertirse en la siguiente presa. Como consecuencia de esto, convocar una caza es una manera excelente de separar a la presa de sus aliados y partidarios; no pueden más que mirar o arriesgarse a convertirse en las presas. Sin embargo, esta es una baza peligrosa para el príncipe.

El empleo excesivamente descarado de la caza como herramienta para eliminar rivales políticos o aislar a adversarios peligrosos suele hacer que la ciudadanía se plantee sustituir al que convoca las cazas.

Para los crímenes más graves (como ayudar al Sabbat o violar repetida y deliberadamente la Mascarada), el príncipe tiene la opción de declarar que todo Vástago de la ciudad debe participar activamente en la caza o arriesgarse a ser declarado cómplice de la presa. Los príncipes especialmente paranoicos hacen obligatoria la participación activa en todas sus cazas, aunque, de nuevo, muchos consideran que el abuso de esta prerrogativa es prueba de un gobierno poco satisfactorio.

La caza de sangre no se convoca a la ligera, aunque la última década ha visto un significativo resurgimiento en su uso. Un príncipe que convoca la caza lo hace a sabiendas que la Camarilla puede examinar su evaluación de la situación en un cónclave.

Si el cónclave determina que el príncipe ha convocado una caza sin motivo, éste sufre una pérdida considerable de posición entre sus iguales, y le pueden cargar con un arconte “observador” que le mantenga a raya. Si se convocan demasiadas cazas en una ciudad, un justicar puede solicitar la reunión de un cónclave y deponer al príncipe infractor, suponiendo que los enojados vecinos no le hayan echado antes.

A veces aparecen nuevas pruebas durante el cónclave, pruebas que absuelven al perseguido de su delito. Sin embargo, con demasiada frecuencia la exculpación llega después de la convocatoria, y la tradición exige que no se detenga la caza una vez que se ha convocado. En tales circunstancias, el príncipe o cónclave pueden sugerir que se tomen ciertas medidas como compensación; aunque nadie puede desconvocar la caza, la persecución de la presa puede ser menos enérgica como consecuencia de las averiguaciones de un cónclave. El perseguido también puede recibir ayuda subrepticia por parte de sus amigos y compañeros del clan; un guardia puede mirar hacia otro lado “por casualidad” en el momento adecuado, o se puede dejar una ventana abierta inadvertidamente para facilitar la huida.

En ocasiones, la caza de sangre se usa para forzar el exilio, acosando literalmente a alguien hasta que sale de la ciudad. Esta opción también la emplean algunos príncipes que deben exiliar a un Vástago para acallar una protesta popular, o cuando el delito del acusado no merece la pena de muerte pero se exige un castigo. El perseguido puede entonces huir y buscar un nuevo refugio en otra ciudad, pero lo hace sabiendo que nunca puede regresar a su hogar. Da igual quién suceda a este príncipe, la caza de sangre sigue en vigor hasta su Muerte Definitiva. Los nombres de los exilados los suelen guardar los sheriffs y guardianes del Elíseo, y los que se consideran guardianes de las tradiciones los marcan en los anales históricos de la ciudad.

La Caza Ilegítima

Se ha dado el caso que un príncipe ha convocado una caza de sangre que indigna hasta tal punto a la población que ésta se niega a participar, da igual cómo se la amenace, o que une a los antiguos en contra del príncipe, y estos informan a la población que el que se ponga de su lado es el siguiente objetivo. En cualquier caso, la situación significa sangre en las calles. Si la población en su conjunto se niega a apoyar al príncipe en una caza de sangre, su gobierno termina en ese momento. Es muy probable que los justicar ya hayan puesto sus ojos sobre él, e incluso si no se le declara culpable en el cónclave, los Vástagos de la ciudad ya han demostrado que lo tienen ningún respeto por él. Si regresa no le seguirán; su regencia como líder ha acabado. El príncipe puede tratar de mantener su control por medio de la fuerza, pero tales esfuerzos están condenados al fracaso. En dichas situaciones es más que probable que sea presa de una caza declarada por su sucesor —que ya puede estar haciéndose al cargo de príncipe.

Si sólo los antiguos se interponen en el camino de una caza, las cosas se ponen mucho más difíciles. En el mejor de los casos, puede convocarse un cónclave para solucionar el caos, poniendo en espera la caza hasta que se resuelva el asunto. Sin embargo, rara vez impera el sentido común, porque la caza de sangre no suele ser la cuestión de fondo. Quizá un antiguo particularmente poderoso ha elegido ajustar cuentas con el príncipe, y está usando la caza de sangre impugnada como piedra de toque. De nuevo, podría ser que la primogenitura está obligando a la población a ceder para fomentar sus maniobras contra el príncipe. Tales maquinaciones políticas enfangan considerablemente las aguas del sistema judicial de la Camarilla, y a veces los méritos reales del caso se pierden en la confusión. En dichas ocasiones, el acusado suele aprovechar el caos para ausentarse de la ciudad y contemplar el proceso a una distancia prudencial.

Errores Judiciales

La justicia de la Camarilla es sencilla y tosca, pero eso no evita que se manipule en todos sus aspectos. El proceso de la caza de sangre, desde el comienzo hasta su ejecución, proporciona numerosas oportunidades para la mala conducta, y los Vástagos astutos pueden aprovecharse de todas ellas.

El primer lugar en el que las cosas pueden ir mal, por supuesto, es la propia declaración de la caza. Es extremadamente fácil inculpar a un vampiro de una ruptura de la Mascarada o algún otro crimen atroz, especialmente cuando entran en juego poderes como Dominación. Más de un príncipe ha sido engañado para declarar una caza de sangre contra un Vástago totalmente inocente mediante pruebas falsas o manipuladas. Los auténticos maestros del arte de provocar cazas de sangre pueden volver el edicto de un príncipe contra sus aliados y chiquillos, engañándole para que vaya eliminando uno a uno a todos sus partidarios.

Un príncipe engañado repetidamente de este modo se convierte enseguida en un ex-príncipe, y más habitualmente en un montón de cenizas. Sin embargo, a este juego pueden jugar dos, y por cada príncipe que es engañado para declarar una caza contra un inocente, hay otro que declara deliberadamente una caza falsa. Tales cazas se convocan para eliminar rivales, demostrar el poder principesco o simplemente para satisfacer las tendencias sádicas del príncipe.

También suelen poner nerviosa a la población; aunque dicho comportamiento suele desestabilizar el gobierno de un príncipe, nadie quiere ser martirizado mientras espera que el príncipe sea depuesto. Tanto cazadores como cazados también pueden aprovecharse de manera poco escrupulosa de la caza. Una de las partes más difícil de cualquier caza de sangre es la preservación de la Mascarada durante la persecución. Las presas, particularmente aquellas perseguidas por violaciones de esa Tradición, a menudo destrozan la Mascarada durante su huida. Dicho comportamiento les aleja de sus perseguidores, que están obligados (incluso en medio de la caza) a preservar la Mascarada por encima de todo. Otros objetivos de una caza llevan la persecución deliberadamente a territorio enemigo, haciendo que sus perseguidores tengan que abrirse camino a golpes.

Los objetivos particularmente vengativos de una caza de sangre tratan de volver las tornas contra los cazadores, emboscando y destruyendo a tantos perseguidores como les es posible. Un vampiro que logra eliminar a dos o tres de los que le están cazando teóricamente puede hacer que toda una partida de caza se atasque por la paranoia y el caos. Una partida de caza que se esconde en las sombras a la más mínima no es probable que persiga eficazmente a nadie.

Por otro lado, los participantes en una caza de sangre también pueden jugar sucio. Se producen accidentes, y es normal que en algunas cazas no sólo muera la presa entre los dientes de los cazadores. A muchos de los cazadores más ansiosos les encanta usar la caza como una oportunidad para ajustar cuentas, eliminar rivales o incluso darse el gusto de realizar diablerie no autorizada. La persecución de un vampiro también proporciona muchas posibilidades de colocar pruebas falsas, inculpar rivales o inspeccionar “accidentalmente” los dominios de los rivales aparentando perseguir al culpable.

Diablerie en la Caza

Durante la caza de sangre, se suele pasar por alto la realización de diablerie sobre la presa. Como el objetivo de la caza es un sucio traidor (si no, no sería la presa de una caza, ¿no?), merece el mayor de los castigos, y que su asesino consuma su esencia encaja en esa descripción con bastante exactitud. Por otro lado, si la caza no es más que un exilio disfrazado, realizar diablerie sobre la presa puede provocar la ira del príncipe, y está claro que un príncipe enojado buscará venganza.

La tradición de la caza de sangre indica que el cazador tiene derecho a la sangre de la presa, aunque en ningún sitio se dice que la diablerie sea obligatoria o permisible. Si el objetivo de la caza tiene vitae especialmente potente, el príncipe puede declarar ilegal la diablerie para evitar que un cazador se fortalezca demasiado; en otros casos, el príncipe puede insinuar en la misma declaración de la caza de sangre que la presa debe ser destruida.

Dicha declaración es música para los oídos de los neonatos sanguinarios, que normalmente se agolpan en dichas cazas para conseguir más poder y avanzar de generación. Al final, la diablerie en la caza es un asunto que se trata caso a caso, aunque a menudo se asuma que el permiso se encuentra implícito en la caza. En muchos casos, un príncipe no quiere evitar la diablerie sobre el objetivo, y después usa las pruebas del “delito” como ventaja sobre el cazador de éxito.

Técnicas

El término “caza de sangre” conjura imágenes de una horda de vampiros asaltando las calles de la ciudad, con horcas, antorchas y Uzis en la mano mientras buscan a su víctima. Los cierto es que la realidad del acontecimiento está alejada del estereotipo.

Aunque en una caza puede participar un buen número de Vástagos, normalmente sólo son los neonatos los que se acuden en tropel, y lo hacen por protección contra los vampiros más poderosos a los que persiguen. Lo más frecuente es que las cazas las lleven a cabo individuos o cuadrillas, peinando la ciudad por pistas de la presencia del objetivo y usando ghouls, mortales e incluso sirvientes animales para sacar a la presa a campo abierto.

Una vez que se declara la caza, a menudo los participantes corren al refugio del acusado o a los lugares que frecuenta, con la esperanza de cogerle antes de que se entere de la caza (o se prepare para ella). Si falla esa táctica, el cazador de sangre inteligente vigila a los ghouls, aliados y cuadrilla de la víctima. A menudo se pueden conseguir pistas interesantes interrogando a los anteriores, y también puede ser útil un registro exhaustivo del refugio (o refugios) del objetivo. Otros cazadores expertos prefieren dirigirse a los puntos de tránsito más importantes (autopistas, estaciones de ferrocarril, aeropuertos) para capturar al acusado al salir de la ciudad. Con la llegada del automóvil y el helicóptero, dichas tácticas son menos útiles de lo que solían ser, pero el número de Vástagos cazados que siguen cayendo en estas trampas es asombroso.

Si el objetivo no es capturado en las primeras horas de la caza, ésta se convierte en un juego gigante de muchos gatos y un ratón. El hecho de que el ratón en cuestión es tan letal como cualquiera de los gatos añade sabor al asunto, y un vampiro participante en una caza de sangre al que su objetivo deje incapacitado o en letargo probablemente pierda bastante reputación mientras se recupera. Sin embargo, a menudo una caza prolongada se reduce al hecho de que ningún cazador quiere compartir el botín de la victoria (es decir, la posibilidad de realizar diablerie o usar de cualquier otra manera a la presa) con nadie más. La avaricia suele hacer que las expediciones de caza sean pequeñas.