Los Dragones de los Pecados

La codificación de los pecados por el Santo Gregorio el Grande engendró un pequeño número de sectas a fines del siglo V. Creyendo que podrían alcanzar una pureza espiritual y moral expurgando los pecados de ellos mismos, pasaron buscando durante años formas de vivir mejor ante los ojos de Dios. Cuando los años probaron que la naturaleza humana hacía imposible evitar los siete mortales pecados, el curso de su búsqueda cambió.

 

Miembros de más de una secta terminaron sus vidas en sacrificio, con la seguridad que los pecados de la carne podrían ser absueltos una vez que el cuerpo era dejado atrás. Otros cayeron en oscuras sendas, creyendo que no era su fracaso, sino el de la humanidad. Destruyeron pueblos enteros en nombre de la expurgación de los pecados, sin ver la ironía de sus propios actos.

Finalmente el movimiento se debilitó y se convirtió en un recuerdo distante para todos excepto para la gente de un pueblo remoto en los extremos del Bosque Negro. El sacerdote del pueblo, un herético había tenido la visión de un gran rito mágico capaz de extirpar los mismísimos pecados del cuerpo humano y expulsarlos del mundo.

Durante cuarenta días y cuarenta noches, acorde al castigo de Dios por los pecados, las masas acudieron en masa. En el día cuarenta y uno, entre la oración y la canción de servicio, un ángel entró por las puertas de la iglesia. “Han hecho bien” dijo él. “Sus pecados son absueltos”. Una luz blanco azulada inundó la iglesia, ahogando incluso la luz del sol. Cuando la luz perdió color, siete bestias viciosas se encontraban aullando por sangre frente a la congregación. Y la encontraron.

Una vez que el último hombre de la congregación cayó ante las bestias recién formadas, el silencio reinó. Cada criatura miró a las otras con un conocimiento innato de su lugar en el mundo. El tiempo para encontrarlo había llegado.