Los Primeros Años de Ceoris: 980-999

Tremere no se trasladó a la nueva capilla. Como tenía por costumbre, siguió vagando de un enclave a otro. Nombró señor de Ceoris a Goratrix, pero también instaló a Etrius para que ambos colaborasen codo con codo. La rivalidad entre los dos se gangrenó. Goratrix, quien antes había mostrado interés por los asuntos de la carne inusitado en un magus, ahora dormía en una cama vacía. Su regeneración dejaba bastante que desear. Mascullaba sin cesar acerca de ello en sus momentos de intimidad.

Culpaba a Etrius de su penosa condición; si Etrius no hubiera introducido aquel miembro… todo habría ido bien. Etrius hacia bien poco por apaciguar los turbios pensamientos de Goratrix, con sus constantes reprimendas por su supuesta imprudencia. Hicieron su aparición otros magi de la Casa Tremere. Algunos intentaron estar a las buenas con ambos; otros no tardaron en tomar partida por uno u otro de los rivales.

Durante el transcurso de la siguiente década y media. Ceoris repelió alguna que otra incursión nocturna lanzada por las fuerzas que, por aquel entonces, se conocían por criaturas de la noche. También se produjeron asaltos por parte de bandidos, motivados sin duda por los demoníacos regentes de la región. Aunque los saqueadores asesinaron a muchos habitantes de las aldeas circundantes, Ceoris se mostraba inexpugnable. Al principio, los ataques suponían un auténtico quebradero de cabeza para los magi. Las demás capillas de Transilvania acusaban más los asaltos del enemigo, pero los atacantes nunca conseguirían organizar avanzar más allá de cierto punto. Goratrix y Etrius se volvieron igual de complacientes. Lo aleatorio de los ataques y su desapasionada ejecución los indujeron a suponer que las criaturas de la noche componían un cuadro desorganizado y de no muchas luces.

UN MISTERIO PERTURBADOR

Durante el tiempo, los magos de Ceoris se vieron cada vez más frustrados en lo concerniente a sus investigaciones. Las corrientes de análisis mágico que en un principio parecían prometedoras comenzaron, una tras otra, a arrojar resultados decepcionantes. Los hechizos que se descubrían en texto mohosos no funcionaba tal y como se describían. Los nuevos encantamientos requerían formulas más arduas. Ninguno de los magos, recluidos todos ellos tras montañas de tomos arcanos, se dieron cuenta al principio que sus colegas compartían con ellos aquellas sensación incómoda de haber llegado a un callejón sin salida. En Francia, la Gran Emanación de los Cuchillos Esmeraldas de LeDuc se derrumbó sin previo aviso, terminando con las vidas de los dos aprendices. Hubo quién describió que sus filtros de inmortalidad no tonificaban como antes los músculos flácidos ni vigorizaban sus cansados huesos. No fue hasta el año 995 cuando los magi de Ceoris sometieron a debate su dilema mutuo y decidieron ahondar en las causas. Sus conocimientos prohibidos les otorgaban una compresión extraordinaria de todas las fuerzas que movían el mundo, y sin embargo, aquello demostraba su imbecilidad. Algún tipo de fuerza que no comprendían les estaba privando poco a poco de aquella sensación de control sobre la existencia.

En 996, Etrius demostró que la potencia de la Vis de la capilla estaba disminuyendo de forma paulatina pero considerable. En 997, Ceoris albergó la sede de un gran cónclave de magi Tremere, procedentes incluso de Inglaterra y Jerusalén. La casa se dio cuenta de que se enfrentaba a una disminución universal de sus poderes. Sus eruditos expusieron diversas teorías para una posible explicación. El milenio que se avecinaba había trastocado las bases numerológicas de la magia, aseveraba un célebre teoría. Otros dijeron que las estrellas estaban cambiando de posición. Los demonios estaban ganando la guerra en el cielo, aventuraron algunos. El cónclave concluyó con una orgía de teorías aventuradas; sólo unos cuantos escépticos estaban dispuestos a considerar la posibilidad de posibilidad de que el poder que habían manipulado durante tanto tiempo, y que en muchos casos mantenía su inmortalidad, pudiera agotarse igual que se apaga una vela. Fuese cual fuese el problema, sin duda debía de ser cíclico.

El propio Tremere estaba decidido a evitarlo. Cuando los miembros del Cónclave se hubieron marchado, reunió a los magos de Ceoris y les propuso que se comportaran como lo harían ante las puertas del desastre. Puso a Goratrix al mando de una exhaustiva investigación para descubrir la raíz del fracaso de sus proyectos. Entre los años 998 y 1000, Goratrix consiguió, por medio de halagos y coacciones, que los eruditos residentes entre estos muros llevasen a cabo sus experimentos según sus deseos. Por medio de augurios, meditación visionaria, cálculos astrológicos y análisis alquímicos, llegaron a la conclusión de que sus prodigios estaban comenzando a desvanecerse. La senda hermética desaparecería para siempre. Tanto Etrius como Goratrix contribuyeron para que el proyecto ofreciese grandes lagunas de información.

Etrius quería compartir sus resultados con los magos de otras casas. Arguyó que si los investigadores de Ceoris habían descubierto tanto en tan poco tiempo, sin duda los esfuerzos combinados de las mejores mentes de Europa encontrarían una solución aún más rápida al amenazador misterio.

Tremere conminó a Etrius, y a todos los demás, a que guardar silencio. Le obedecieron claro está, aunque murmuraron a sus espaldas. Goratrix supuso que lo que Tremere pretendía era que ellos encontrasen nuevas formas de alcanzar la inmortalidad y eclipsar así al antiguo método, cuyo futuro no podía ser más incierto en aquellos momentos. Con un secreto de tales proporciones en su poder, su Casa reinaría por fin sobre las demás. Tremere pensaba aprovecharse de aquel revés del destino para adueñarse de la Orden de Hermes.

Fue más o menos por aquel entonces cuando Arundinis desapareció estando de viaje al sur de Atenas, junto con cuatro de los guardaespaldas más fornidos de la Casa. Una partida de búsqueda siguió el rastro de Arundinis hasta las orillas del Danubio, donde no encontraron más que un campamento destruido y una vegetación curiosamente enmarañada.