Relato – Artesanos


“Así es. Pobre Marianna, buscando a su marido, sola en el ancho mundo”, respondió Paulo, mostrando desprecio y amargura en su tono burlón.

Isouda se giró hacia el Magister, que estaba sentado tranquilamente en su lado habitual frente al tablero de ajedrez. Sus rasgos patricios nunca dejaban de llamarle la atención, aunque estuviera enfadada con él. Sin embargo, no era momento de disfrutar de su belleza. “Cuando pierdas a un ser querido y comprendas ese pesar podrás reírte de la desgracia ajena. Me perdonarás si no me uno a ti en tu chanza; Marianna es una hermana tanto por Dios como por mi clan, por muy ridículo que eso te parezca”.

“Por supuesto, mi dama. Mis disculpas”. Avanzó una casilla el peón del rey blanco y la miró expectante.

La mujer volvió a fruncir el ceño (la falta de sinceridad de su disculpa no quedaría así, pero se ocuparía de ello más tarde) y se sentó en el tablero frente a su oponente. Avanzó cuidadosamente un peón como respuesta, sabiendo que Paulo observaba su rostro, sus manos, cada uno de sus movimientos. A pesar de llevar muerto cinco años, el Magister aún era lo bastante humano como para recordar ciertas cosas, y eso beneficiaba a Isouda ahora que Don Roland era tan insensato como para enviar a su chiquillo enamorado para seguir sus tratos. “¿Cómo le va a tu maestro?”, preguntó, modulando su voz para que conservara una apropiada y solícita preocupación.

Paulo lanzó un suspiro, dio dos pasos y agitó una mano molesto, permitiendo a Isouda ver un trozo de terciopelo en su cinturón. Alcanzó a vislumbrar una hebra de oro cosida al tejido antes de que su rival avanzara otro peón. “Hace ya cinco meses que no visita las cortes, y solo confía en mí para servir como su portavoz. Sin embargo, últimamente mis asuntos me han traído aquí. Don Roland quiere saber…”

“Si puedo o no reparar el daño del incidente con ese estúpido Fulk”, sonrió Isouda mientras movía su caballo de dama.

“Como siempre, directa al asunto, mi elegante dama”. El Lasombra movió un caballo y lo situó en una casilla en la que solo disponía de la defensa de un peón. De nuevo pudo ver el terciopelo en el cinturón, esta vez alcanzando a distinguir una inicial: R.

“No puedo prometer nada, por supuesto. Bastante suerte tengo de conservar alguna influencia con Severus como compañero Artesano, pero si decide no seguir sus relaciones con tu maestro, es asunto suyo”.

“Don Roland está francamente interesado en que el asunto llegue a su fin de un modo u otro. Después de todo, un incidente tal no hace más que tensar las relaciones entre nuestros clanes”.

Isouda sonrió levemente; sus labios, aún tan rojos como antes de cruzar la frontera entre la vida y la muerte, atraían más al Lasombra que el tablero. “Cierto, pero tu presencia en nuestra Corte del Amor ha ayudado mucho. Espero que estés disfrutando todo lo posible”.

Paulo se permitió una risa entre dientes. “Si te refieres a ver al estúpido Geoffrey rebajarse ante Aline, sí, disfruto enormemente. ¿Por qué le permites estar aquí?”

“Tiene la madera de un caballero del Amor, y solo necesita aprender humildad. Creo que unas semanas de este tratamiento tendrán un efecto satisfactorio en ese pequeño pretencioso. Tiene que aprender que esto no es el jardín de las delicias de un emperador” Volvió a avanzar su caballo y retiró la mano, rozando la de él por accidente. Aunque sus dedos llevaban años helados, su toque seguía siendo conmovedor, a juzgar por la reacción de Paulo. Isouda sonrió cuando el Lasombra retiró la mano rápidamente, tumbando una torre que a su vez derribó dos peones. “Vaya, Paulo, no es propia de ti tal torpeza”.

El español levantó apresurado los trebejos, inclinándose para ello. Ahora tenía el terciopelo en el regazo, lo que permitió a la mujer ver un sol dorado además de la letra. “Disculpas, mi dama”.

“Aceptadas son, por supuesto”, dijo Isouda obsequiándole una sonrisa elegante, aunque ya estuviera cansada de aquel juego.

Tras media hora más de charla y movimientos sin sentido, despidió a Paulo diciendo que tenía cartas que escribir antes del amanecer. El Lasombra no discutió (una buena señal; estaba aprendiendo que un caballero del Amor de buena crianza no insistía cuando una dama solicitaba algo) y se excusó con una profunda reverencia. La mujer estudió el tablero unos minutos, pensando en lo que había quedado atrás: habían avanzado varios peones (no demasiado), la dama blanca había quedado expuesta, un caballo negro estaba demasiado dentro de las líneas rivales, una torre blanca estaba amenazada y un alfil negro había avanzado un poco; señales interesantes.

Cuando terminó el tiempo de la contemplación extendió sus pensamientos, buscando una joven mente que conocía tan bien como la suya propia. Unos minutos después Rosamund llamó delicadamente a la puerta, entró sin esperar respuesta y cerró con el mismo cuidado. Por un momento Isouda se perdió contemplando su propia obra. Era increíble cómo aquel cabello flamígero y salvaje y esos ojos verdes grisáceos habían crecido, con un poco de cuidado, hasta convertirse en una de las más bellas rosas de la corte. Pero había trabajo que hacer, pensó mientras observaba a su protegida.

“Hablaremos en francés, pues debes practicarlo más”, comenzó sabiendo que había dicho Habla como siempre hacemos para conservar la intimidad.

Rosamund respondió débilmente, aunque sus verdaderas intenciones no eran tan recatadas. “Por supuesto, mi dama”. Comprendo perfectamente.

“¿Qué tal van tus lecciones?” Vi que tenía tu favor.

“Muy bien, gracias, mi dama”. Tal y como me pedisteis.

“Tu tutor me ha dicho muchas cosas buenas sobre ti, querida mía. Estoy complacida, chiquilla”. ¿Sospecha algo? ¿Va todo bien?

“Espero ser siempre digna de estas alabanzas”. No sospecha nada.

“¿Has ido a misa recientemente? No quiero que descuides tu catecismo”. Sigue dos semanas más. Aún no hemos terminado con él.

“Sí, mi dama. No, mi dama”. ¿Y ahora qué?

“Bien. También debes hablar un poco con la Hermana Avis; no te hará mal alguno pasar más tiempo en su compañía. La corte no sufrirá demasiado por tu ausencia en busca de la virtud. Una buena dama no se descuida espiritualmente mientras persigue lo material”. Descubre cuáles son sus sentimientos hacia Marianna y hacia su ridículo sire. Creo que habrá que trabajar algo. Sigue instruyéndolo. Será más nuestro que suyo cuando hayamos terminado.

“Por supuesto, mi dama”. ¿Y qué hay de Severus?

“Eres un orgullo, Rosamund. Me alegra ver en lo que te has convertido”. Déjamelo a mí.

“Me alegro de agradaros, mi dama”. Como deseéis.

Isouda sonrió, esta vez de forma genuina. Rosamund estaba preparada para ser la próxima Reina del Amor. Con un poco más de tiempo para templar la última bobedad y convertirla en elegancia femenina, tendría que empezar a considerarla una auténtica rival. “Bien. Puedes irte. Mañana te veré en la corte. No olvides lo que he dicho”. Rosamund se inclinó.

“Por supuesto. Buenas noches, madam”, respondió mientras se marchaba con el mismo silencio con el que había llegado.

La Artesana volvió a pensar en el tablero que tenía frente a ella. Severus, por supuesto, era un problema. Tras la pérdida de su chiquillo no tenía interés en seguir sus relaciones con los Magistrados, y de hecho haría lo posible por asegurar que todos los Toreador hicieran lo propio. Cuánto estaba dispuesto a ofrecer a cambio era asunto de debate, pero Isouda sospechaba que sería más que suficiente para satisfacerla. La pérdida de Fulk no se había llorado demasiado por allí, y creía que ese había sido el principal error de juicio de Severus.

La aparición de Marianna representaba una oportunidad interesante. Si su visitante tenía razón al asumir que era un Lasombra el que había dirigido el asedio que resultó en la desaparición de Merrit, se podría persuadir a Don Roland para que prestara su ayuda descubriendo los motivos del asunto, a cambio de recuperar el favor de Severus. Como el Magister había tardado décadas en cultivar sus relaciones con el artista no era probable que arruinara su inversión así como así. Aún estaba por ver si se le podía convencer de que traicionara a uno de los suyos para conservar la relación, pero Isouda creía que la amenaza de la pérdida del favor de los Artesanos (y sus cortes y juegos) terminaría pesando lo suficiente en el ánimo de Roland.

“La dama negra toma al rey blanco; jaque mate”, susurró satisfecha.