Relato Concurso – “A todos, tarde o temprano, nos llega la hora de decir adios”

Estimados a continuación tengo el grato placer de compartir con ustedes el relato ganador del I Concurso de Relatos de Sociedad Nocturna – Secretos Oscuros, el mismo fue escrito por Jose González (Alias el Titere). Por favor disfruten del mismo.

“A todos, tarde o temprano, nos llega la hora de decir adiós”

(Cuento de Changeling, el Ensueño)

La noche estaba vacía. Triste y gris, coloreada por los falsos humores del verano. El muchacho arqueó la espalda y se recostó contra el sofá, los ojos aparentemente fijos en los balcones abandonados del edificio que asomaba tras la ventana. Detrás del cristal sucio había un mundo que no despertaba ya ningún interés. En su interior, una idea se repetía en su mente como chicle mascado, una y otra vez, pero no acertaba a bloquearla, no conseguía fijarla en su totalidad. Sólo sabía que había un agujero negro en su cabeza, algo importante que había olvidado hacer. O decir.

Centró de nuevo su atención en el portátil, un Toshiba negro, toda la ciencia y el ingenio de varias generaciones de informáticos para que un joven de veintipocos años perdiese una noche absorto en la red, chateando o jugando a mecánicos y repetitivos juegos interactivos.

<Teclean las notas, amigo Lucifer>, canturreaba en voz baja.

Encendió como un autómata el televisor. Emitían una película de escaso éxito. Sin apartar la vista, tanteó entre el desordenado caos del sofá, buscando una rápida salvación: el mando a distancia. Segundos más tarde comenzaría una rápida y azarosa búsqueda entre la clónica parrilla nocturna. La madrugada se concentraba en venta televisiva de productos de escasa imaginación y eficacia, pornografía repetitiva y escenas cargadas de acción y violencia.

<<¡Sexo! Vendo sexo por poco dinero… Mirad que… tetitas… arrastra el conejito… Me lo trago todo…>>

Fue quitando el sonido poco a poco y los personajes de aquel mundo fueron enmudeciendo hasta transformarse en mimos cuyas expresiones no parecían transmitir ninguna emoción, salvo quizás unas fingidas ganas de llevarse una polla a la boca. Entonces…, la idea se encendió en su cabeza como un fósforo encendido durante unos segundos para, con un destello, volver a apagarse.Decidió ignorarla pero era casi imposible. Así que sin apagar la tele (<Córrete en mi boca>), prosiguió con su ruta cibernética. Los dedos correteaban sobre el teclado compitiendo con la música de los grillos. A veces se pasaba la mano por su pelo desordenado, se colocaba correctamente las gafas y proseguía con su eterno viaje. En el suelo, una botella de negra Coca Cola medio vacía.

<Bebe Coca Cola. ¡Disfruta de la experiencia!>

Sobre la mesa, los restos de la cena. La habitación cargada de cuadros, libros de medicina y una moderna mini cadena sin enchufar. El muchacho suspiró. Aburrido. Tremendamente aburrido.

Pero ahí afuera era todo peor, mucho peor para él. El mundo estaba falto de algo, ¿de sentido quizá? No. De algo más profundo y a la vez más etéreo.

El ventilador se apagó súbitamente. El televisor fue perdiendo luminiscencia hasta quedarse muerto, luego volvió a encenderse. Las tímidas luces de las farolas relampaguearon, y un pico de tensión generado en ninguna parte las fue fundiendo una a una de forma gradual. La lámpara del techo osciló y fue perdiendo energía, y el cuarto quedó en la más completa oscuridad. Dos pisos más arriba, un bebé de tres meses se despertó y comenzó a chillar imbuido en una mezcolanza de excitación y sorpresa. Pero nuestro muchacho no le prestó ninguna atención a todos estos detalles.

<Aquí hace mucho calor, ¿puedo quitarme la falda?>

¡Ahora sí! Algo le sobresaltó. Había sido demasiado evidente hasta para una mente tan embotada como la suya. Una agitada respiración en el pasillo, o tal vez en su dormitorio. Y algo más espeluznante: una sensación de… calor.

Dio un tremendo brinco cuando la mano enguantada de aquel tipo le cogió por la garganta y lo lanzó ferozmente contra la mesa, arrastrando a su paso el portátil, vasos vacíos y mugrientos, y un plato olvidado de fríos espaguetis, golpeándose con la barbilla en el suelo y arrollando finalmente la mesa y todo lo que en ella había. ¿De dónde había salido?

Un gemido aulló en su pecho cuando el hombre apoyó las rodillas de forma rápida y cruenta en su espalda, pero ningún sonido consiguió salir de sus pulmones. Casi se desvaneció cuando le agarró el cuello con una mano y la otra se aferró dolorosamente a su cabello. Luego comenzaron los golpes contra el suelo, una y otra vez sin que el joven pudiera defenderse. Se desvaneció en un terrible sueño cuando sobre la alfombra se iba formando una oscura y alargada mancha rojiza.

<Vosotros dos también, chicos. Podéis correros aquí. O aquí… o aquí.>

Al abrir de nuevo los ojos no había mejorado la situación. La cabeza le ardía y en su boca se repetía un sabor agrio y salado: su propia sangre- Sentado sobre una silla estaba preso por una cuerda fuertemente anudada mientras que una mordaza le impedía gritar y pedir auxilio. Creyó encontrarse solo, pero para su desgracia, escuchó los pasos de aquel tipo rondando por su salón, luego su cocina y finalmente acercándose por el pasillo y entrando en su cuarto.

La puerta se fue abriendo y apareció el hombre. De mediana edad y melena negra, larga y sucia, vestía como un mendigo, enfundado en grises pantalones y con una camiseta negra obscena rajada a la altura de los hombros dónde se leía “LAS ÚLTIMAS TETAS QUE ME LLEVE A LA BOCA FUERON LAS DE MI MADRE”. Morbosamente su atención se fijó en el objeto que portaba, un enorme cuchillo de carnicero que acariciaba de forma sádica. En la otra mano, una botella de Jack Daniels. El hombre le observó en silencio, divertido. Cuando comenzó a hablar, el muchacho hubiese preferido seguir inconsciente.

Hola, amigo Shagrat. Por fin nuestros caminos se cruzan, triste hijo de puta. Vas a pagar todo el daño que has hecho. Te va a doler, de eso puedes estar seguro. Pero ningún grito conseguirás emitir, antes te cortaré la lengua.

Sus palabras parecían salir de una garganta asfixiada, tal vez por el tabaco y el alcohol. Pensativamente, continuó.

Sabes, Shagrat. Si no oigo como pides clemencia, esto deja de tener su gracia. Es… el espectáculo. El espectáculo de lo profano. Lo bueno de estar en mi posición es que puedo reinventar los sucesos que van a ocurrirte sobre la marcha. No tengo porque empezar rebanándote las orejas cómo tenía pensado en un principio. He soñado con este día y tengo en mi cabeza unas cuantas imágenes que quisiera inmortalizar de por vida. Pero, ¡son tantas y tengo que decidirme con cual nos quedamos! ¡Y olvidé mi cámara fotográfica!

Abandonó la botella en la cama deshecha, derramando parte del líquido y con ayuda del cuchillo le quitó la tela que le impedía hablar. De inmediato el cautivo comenzó a lloriquear y pedir perdón atreviéndose a decir:

Esto es un error, yo no soy quien busca. No me llamo Shagrat.

El hombre fijó sus ojos en él y de forma lenta, para que pudiera darse cuenta, dejó caer su brazo derecho hacia atrás y luego hacia delante, golpeando con tanta violencia al joven que la silla se volcó. Luego la alzó con la otra mano hasta que el asiento estuvo en la misma posición.

– Mira, hijo. Por cada NO que salga de esa puta boca tuya te iré partiendo un hueso de todos los huesecitos de ese debilucho cuerpo tuyo lleno de huesos. Tú eres médico, ¿no? O aspirante a médico, ¿cuántos tiene un cuerpo humano? ¿Trescientos, cuatrocientos huesos? Con un poco de suerte ambos salimos de dudas esta noche. ¿Has entendido? Repito, ¿HAS ENTENDIDO?

El joven asintió enérgicamente.

Muy bien, Shagrat. ¿Sabes quién soy?

Amarrado a la silla negó con la cabeza. Tras una sonrisa macabra, el visitante desató un poco la cuerda, dejando una de las dos manos libres al joven. De entre sus ropajes sacó una especie de tenazas arcaicas que encajó en el dedo anular del chico. Luego apretó y tiró produciendo un crepitoso chasquido. Los gritos apenas se ahogaron cuando le tapó el rostro con la funda de almohada. Luego le dijo al oído susurrando.

– Es posible que con la pasión hayan sido dos falanges y no una, pero es un buen comienzo, ¿no crees? No digas que NO. O no niegues con la cabeza. Es la única regla, hijo.

Acercó su rostro al del joven con los ojos negros y brillantes de luna escondida y continuó.

Yo soy tu miedo primigenio. Soy el terror que se esconde detrás de tu armario. Soy la desazón en las noches oscuras sin lumbre ni luz. Soy el titiritar de los hombros, el rechinar de los dientes. Soy el devorador de niños. El hombre del saco. Y he venido a por ti, Shagrat, ¿sabes quién soy?

El joven no pudo aguantar más la presión y se orinó encima al asentir.

Mira como tiemblas, niña. ¿Me tienes miedo? Responde, nenita, ¿me tienes miedo?

Entre llantos y chillidos su voz sonaba hueca por la tela.

– ¡Sí, sí!

– Muy bien. Ya verás como al final nos hacemos amigos, algo parecido al síndrome de Estocolmo. O tal vez, no. No soy psicólogo. Dime, que prefieres, ¿izquierda o derecha? No dices nada, ¿tienes una moneda? Yo no, pero me encanta el juego de cara o cruz, es TAN emocionante. Nunca sabes que puede pasar, pero me temo que sin moneda no hay juego. Déjame pensarlo, algo podrá hacerse… ¡ya está! Usaremos uno de tus ojos y a ver qué lado cae, ¿pupila o córnea?

¡Por favor, no hagas eso!

El sádico del cuchillo rompió en carcajadas.

Te pensaba más listo, Shagrat. Acabas de decirlo.

¡No, ha sido un error!

-Jajajajaja, dios santo que inútil eres, con eso van dos. Dos huesos más, sigue así, socio. A éste paso vamos a hacer un buen caldo contigo esta noche.

Y las tenazas se amoldaron con facilidad entre los dedos meñique y anular. El aliento de aquel tipo sabía a ciruelas pasas y a telarañas.

-Y ahora, ayúdame a contar. ¿Uno?

Guiñó un ojo.

-¿Dos?

Guiñó el otro.

-¡Y tres!

El joven contempló con morbosa atención el tirón producido por aquellas hábiles manos de navaja y una nueva oleada de dolor le hizo gritar más fuerte que nunca. Cuando el dolor cesó contempló su mano derecha, con cuatro dedos muertos e inmóviles. En ese momento, el teléfono vibró, un sonido extraño, casi alienígena de aquella absurda situación. Dio tono una vez, otra vez más, una última y finalmente saltó el contestador. Era una voz de mujer que dijo:

– Santi, ¿qué tal va todo, cariño? ¿Te llegó el correo que te mandó Luisa? A ver si me llamas esta semana, tu padre está preocupado por ti. Ah, y el jueves le dan los resultados. Llámame pronto, ¿eh? Te quiero, cielo.

Por alguna extraña razón el joven se sintió extrañamente avergonzado. El hombre tanteó la botella en largos tragos y rompió en carcajadas. Luego siguió.

Así que Santi. Vaya nombre de mierda, Santi. Dime, ¿quién eres? ¿Cómo te llamas?

Santi. ¡Santiago!

– Y una mierda Santiago. Dime tu verdadero nombre. Si tú te llamas Santiago puedes llamarme Dolores. No. No me llames Dolores, llámame Lola.

Y el tipo se rió de su propio chiste, luego con precisión de cirujano le clavó el cuchillo en el antebrazo. No llegó a sobresalir por el otro lado, pero al joven le dolió como si lo hubiese hecho.

– Me llamo Salvador. ¡Salvador Rodríguez! ¡Lo juro!

– Sí, Salvador. Salvador Dalí… En fín, te daré una pista. Gilipollas. Empieza por Shhhhh…. Y termina con Agrat. Shhh… agrat. Hasta un imbécil como tú sería capaz de averiguarlo.

¿Shagrat? Shagrat ¡Shagrat, soy Shagrat!

Algo ocurrió. Algo extraño. Pero su mirada se topó con los ojos de estrellas de bambú de su captor y volvió a sentir el peso y la calidez de la realidad.

Recuerda, Shagrat. Recuerda o me veré obligado cortarte en trocitos pequeños. Diminutos. Tan diminutos que tu madre pensará que te caíste en un pelatomates gigante chino. Y no me gustaría tener que hablar con ella. Ni a ella. Deduzco que a ti tampoco te gustaría.

El muchacho trató de hacer un esfuerzo pero el miedo le atenazaba. El hombrea alzó el cuchillo manchado de sangre a la altura de su rostro.

Recuerda, ¡maldita bestia! Recuerda antes que te destroce, bastardo. Recuerda o dejarán de llamarte cuatro ojos. ¡Recuerda, joder!

Trató de hacer lo que le pedía. Os juro que trato de hacerlo. Sabía que aquel loco demente le mataría sin dudarlo, pero el dolor era demasiado intenso. Intentó pensar pero algo le bloqueaba.

Aquella idea. Aquella idea que no le dejaba dormir. ¿Qué era? ¿Qué ocurría? ¿¡¿Por todos los diablos, que era lo que no podía recordar?!?

Y entonces las manos del hombre se apoyaron en sus hombros y se iluminaron como si portara una manzana del sol en cada palma. Y lo sintió. La lumbre de las manos penetró en su débil cuerpo, alumbrando y cegándo todo en miríadas de colores, todos tétricos y oscuros. Pero mágicos y sorprendentes.

Y recordó cómo se llamaba esa sensación. Tenía un nombre específico, un nombre que te sabía en la lengua como a café con menta o tostadas glaseadas con salsa de cucarachas: Glamour.

Y recordó quién era: Shagrat el Sluagh, el Vigía Tenebroso de la Torre. Y recordó que las leyendas que hablaban de él se habían transmitido generación tras generación por los reinos ilimitados de Arcadia. Recordó a su amor, la Condesa de Hielo. Apuró en unos instantes toda su vida pasada y se levantó rompiendo en mil trozos la inútil cuerda que ya jamás podría atarle. Su cuerpo había cambiado, ahora era flexible y elástico y vestía una delicada túnica negra de diamantinos y zafiros. Sus dedos de tarántula, largos y gomosos se movían como delicadas serpientes de seda.

Y delante de sí tenía a León, el Enviado y Mensajero, el buen amigo Eshu. Vestido con sus mejores galas, oro y plata, larga caballera rubia cargada de joyas. León, el Amigo. Y sus ojos, cargados de felicidad sonreían y contemplaban el renacer de su antiguo señor, perdido en las fauces de la Banalidad. León se arrodillo.

Amo Shagrat, perdonadme, mi señor. Pero sólo había una forma de liberarte de tu encierro. Eras el monarca del terror, mi Amo, no se me ocurría otra forma de despertarte de tu sueño. Era esto o volverte totalmente pirado. Me alegro que estés de nuevo entre nosotros.

Susurró (el linaje de los Sluagh sólo puede hablar entre susurros debido a una antigua maldición).

Gracias, León. Gracias.

Y ambos amigos se fundieron en un abrazo y contemplaron el color, el aroma y el sabor de la noche tras la ventana del salón. Y el mundo brilló un día más con nuevas esperanzas e ilusiones porque un Changeling había renacido, dispuesto a generar pasiones de tal calibre en los humanos que sus historias tardarían cientos de años en desaparecer.

La chica de la tele pareció sonreírles de forma forzada, con semen resbalando como lágrimas de sal blanca por las mejillas.