Relato de Isobel – Al filo de la Destrucción

Este es el escrito ganador de nuestro Concurso de Relatos “Al Filo de la Destrucción”

Que lo Disfruten.

 

Evidentemente, el ghoul había caído doblemente en desgracia. Tras los barrotes de la pequeña ventana de su celda en los calabozos de la ciudad de Pompeya, Ovidio Neptunio observaba los resabios de la masa de gente que ya terminaba de huir rumbo a las playas. ¿Qué era esto? ¿Una nueva Sodoma? ¿Gomorra volvía a levantarse para perecer nuevamente? Se seca la frente sudorosa con el antebrazo tembloroso. Pocos eran los rezagados que transitaban las calles algo desorientados. Los patricios cargaban sus pertenencias más preciadas y portátiles escondidas en cofres finamente tallados; y los plebeyos hacían lo propio en bolsas gastadas al hombro. Ovidio les observaba pusilánime, subido a un pequeño banco para ganarle altura a la ventana.

Su amo, un Tzimisce de alto rango, le había abandonado con las primeras erupciones. Y su preciada vitae, líquido inmortal y poderoso, que le mantuviera atado incondicionalmente a su amo por varias generaciones, ahora le estaba vedado. Su última ingesta, ya había sido un tiempo atrás, y comenzaba a notar que su salud decaía. Ovidio Neptunio, apretaba los barrotes corroídos de la ventana con odio y desesperación. ¡Era injusto! Se decía. Todos habían corrido despavoridos. Hasta los guardias y carceleros. La ciudad era un verdadero caos. Saqueos, muertes, destrucción… Y él allí inmóvil, impotente, ya sin fuerzas sobrenaturales que lo acompañen para librarse de un destino incierto… Al filo de la destrucción.

Podía escuchar los alaridos de las mujeres, el llanto de los niños y los gritos de los hombres. Con horror, tal vez por saberse imposibilitado de escapar, tapó sus oídos para dejar de escuchar. Pero le fue imposible no imaginar. Cierra sus ojos por un instante, preso de un incipiente pánico. Pero se domina y vuelve a observar el exterior. La oscuridad completa ha caído sobre Pompeya. Y lejanas explosiones se oyen como truenos divinos, anunciando lo que está por venir.

No tiene caso continuar aferrado a la ventana que no le permitirá escapar. Se aparta de ella y camina ansioso por la celda solitaria. El resto de los plebeyos que se hallaban en las celdas vecinas, han logrado huir. Pero al ver las ropas de hechura fina de Ovidio, percatándose de su posición social, se han negado a ayudarle a escapar, dejándolo solo y a merced de la situación.

El ghoul, un patricio emergente de Pompeya, gracias a la mano protectora de Ilectus –un poderoso Tzimisce-, se había enriquecido moderadamente, acopiando pequeñas cantidades de mercancías que hurtaba a su amo y que luego vendía a sus espaldas en el mercado negro. Ahora lo advertía y veía claramente por qué su amo le había abandonado. Esa había sido su cruel venganza. Ilectus advirtió la traición de su ghoul y no había tenido mejor idea que privarle de su preciada vitae. Era verdad, Ovidio Neptunio había caído en desgracia. La misma desgracia que le había llevado a depredar entre la multitud desesperada que corría sin rumbo por las calles inundadas de cenizas. Su desesperación, cual droga letal, alimentando su ambición desenfrenada, le había hecho usurpar viviendas abandonadas y hasta asesinar a desdichados moradores por unas pocas monedas, por algún objeto de valor olvidado –cualquier cosa que fuera- que acrecentaran su ahora devastada posición económica.

Mientras Ovidio continúa pensando solo en su celda, el piso se estremece y vuelve a temblar. Recordó que hacía sólo unas horas atrás, había despertado en su lecho, como cada mañana, rodeado de pequeños placeres mundanos, atendido por dos lacayos. No escuchó como otras mañanas a los pájaros cantar. Y los perros del lugar ladraban y aullaban inquietos. Pero no le dio debida importancia. Hasta que los primeros estruendos del Vesubio dieron la verdadera alerta a la población.

Desde el patio de su vivienda, el ghoul había visto elevarse aquellas gruesas columnas de humo negro acompañadas de fuego desde el volcán. Y una lluvia de piedras y cenizas ennegreció el agua de la fuente que poseía en su patio. Atónito, vio cómo sus sirvientes leales permanecían a su lado, mientras las calles se poblaban de gente despavorida que cargaba sus pertenencias al hombro y trataba de abandonar la ciudad.

Pronto Ovidio se vio corriendo entre el populacho sin rumbo fijo y con los pensamientos confusos. Huyó hacia el refugio de su amo, pero nada encontró allí. Y la desesperación de hallarse abandonado por su mecenas, lo sumió aún más en el pánico. Esto lo impulsó a cometer delitos, a dar rienda suelta a su ira tras el abandono. Pero no advirtió que sus felonías terminarían llevándolo a la cárcel y de allí a su perdición. Porque en el revuelo y el desconcierto, obvió que los guardias seguían trabajando. Y minutos después de cometer aquellos delitos, era apresado y confinado a esa pequeña celda, que sería su última morada.

En un rapto de redención, el ghoul intenta redimir sus pecados pidiendo perdón a sus dioses romanos, quienes no atienden sus desgarradoras súplicas. Se siente débil, consumido. Las fuerzas le abandonan. La vitae de su amo ya se extingue y no surte efecto en su cuerpo. Mientras permanece tirado en un rincón de la celda, levanta lentamente su vista y la dirige hacia la ventana. Sus ojos ahogados en lágrimas, no ven más que cenizas y un humo que comienza a filtrarse por entre los barrotes indolentes. Un humo gana rápidamente el espacio del habitáculo. Ovidio tose. La garganta le quema y sus pulmones se cierran. Se tapa la nariz y boca con su túnica otrora impecable. Fuera, el Vesubio ruge, impasible, fuerte, consumiendo la vida del ghoul, alimentándose de él tal como su antiguo amo Ilectus hacía. La inmensa masa de aire caliente, ceniza y azufre toman posesión de la celda y de Ovidio, quien acurrucado en su rincón llora y se estremece con los temblores del volcán, que se autoproclama como su nuevo amo.

Ricardo Blanch

Tiburk

Un amante de los juegos de rol...

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