Vlad Tepes: Drácula. Primera Parte.

Y cuando caímos juntos, toda nuestra carne era como un velo.
Que tuve que apartar para ver a la serpiente comerse la cola.
Algunas mujeres esperan a Jesús, y algunas a Caín.
Por lo que cuelgo mi altar y alzo mi hacha de nuevo.
Y llevo al que me encuentra al lugar donde todo empezó.
Cuando Jesús era la luna de miel y Caín tan sólo un hombre.
Y leemos de complacientes Biblias encuadernadas en sangre y piel.
Que el vacío está reuniendo de nuevo a todos sus hijos.

– Leonar Cohen, “Last Year’s Man”

“Ninguna historia de terror nos atemoriza hasta la medula como el mito de Drácula. Todo aquello que consideramos malvado, perverso y aterradoramente seductor acecha tras su regio porte y su colmilluda sonrisa. Mucha gente cree que Drácula solo existió en la ficción. Pocos saben que fue un príncipe de carne y hueso, que gobernó Transilvania en época de las Cruzadas y que terminó con las vidas de cientos de miles de personas, o que detenta más poder en la no muerte del que nunca tuvo en vida.”

EL PRÍNCIPE EMPALADOR

Para los ignorantes, Drácula es una fábula de miedo para asustar y disciplinar a los niños. Para la gente culta, Drácula es un entretenimiento barato para asustar e impresionar a los adultos. Los pocos que están familiarizados con la vida del enigmático príncipe Vlad Drácula se burlan del hecho de que se convirtiese en vampiro. Incluso algunos de los pares vampiros de Vlad consideran que la historia de Drácula es una mera fábula. Y eso es exactamente lo que él quiere: se oculta a la vista de todos.

La leyenda de Drácula es verdaderamente horrenda. Los que le conocieron le llamaban Vlad Tepes (tsepesch), o Vlad el Empalador, y le acusaban de asesinar a decenas de miles de inocentes en espantosas ejecuciones públicas durante la Alta Edad Media. Circulan relatos de sus atrocidades por Rusia, Turquía, Alemania, Hungría y su Rumania natal. La gente supersticiosa de todo el mundo expandió ampliamente historias sobre su sed de sangre, su inclinación por las muertes lentas y el macabro humor del que hacía gala durante las ejecuciones. Todo esto es cierto, excepto por un pequeño detalle. Sus sangrientas torturas tuvieron lugar ANTES de convertirse en vampiro.

El resto de la leyenda de Drácula es ficción. El príncipe valaco Vlad torturó y empaló cruelmente a decenas de miles de personas en estacas romas durante su sangriento reinado en las tierras cercanas a Transilvania. Tras su muerte, se convirtió en uno de los más grandes e influyentes vampiros. De hecho, se atrevió a cuestionar la supremacía de los antiguos vampiros progenitores, los Antediluvianos, convirtiéndose en un poderoso enemigo suyo. Pocos vampiros aparte de Vlad han sido miembros de la Camarilla, el Sabbat y el misterioso Inconnu.

Aunque los alemanes, húngaros, rusos y turcos coinciden en que Drácula fue el más vil de los gobernantes y un príncipe carnicero, sus compatriotas rumanos todavía hablan de él con reverencia como un hombre con gran sentido del honor. Esta devoción ha confundido a los estudiosos, que señalan que Drácula empalaba a pueblos enteros de su propia gente de la misma manera que torturaba a los turcos contra los que combatía. Los vampiros y algunos mortales en los que Drácula ha confiado, comparten el mismo respeto hacia él, hablando elogiosamente de su honor y su elevada ética.

Para entender estas contradicciones, debemos acercarnos a aquéllos tiempos en los que Drácula gobernaba como príncipe y como un poderoso vampiro. Debemos examinar los sacrificios necesarios para proteger una nación minúscula atrapada entre dos colosales imperios enfrentados, y los sacrificios necesarios para proteger un diminuto planeta atrapado en el puño de un mal antiguo, poderoso e invisible.

¿Carnicero sediento de sangre y honorable caballero? ¿O tal vez ambos?

La vida de Vlad, su muerte, su no vida y sus motivaciones pasadas y presentes permanecen ocultas en el misterio. Hasta ahora.

Arrojemos algo de luz sobre su tumba.
LA HISTORIA DEL DRAGÓN

El príncipe Vlad Drácula, segundo hijo de Vlad Dracul, gobernó el reino de Valaquia en la Transilvania meridional (conocida hoy como Rumania) durante el siglo XV. El Sacro Emperador Segismundo ordenó al padre y al hijo como miembros de una organización monástica y militar llamada la Orden del Dragón. Esta sociedad secreta otorgó a Vlad de mayor edad el sobrenombre de Dracul (Dragón en rumano) y le encomendó la lucha contra los enemigos de la Iglesia, tanto naturales como sobrenaturales. Vlad llamó a sus hijos Drácula: Hijo del Dragón o Pequeño Dragón. (N. del E.: Esto es un error frecuente al hablar del personaje, quizá a causa del “draco” latino, “Dracul” no significa “dragón” en rumano, sino “diablo”, y, más exactamente, “el diablo”, ya que el sufijo “— ul” es el artículo determinado. “Dragón” es “Baluar” o “zmeu”). Sólo más tarde se ganaría el joven Vlad el sobrenombre Tepes… el empalador.

En aquellos tiempos oscuros, sólo los frágiles estados de Serbia, Bulgaria y Transilvania se mantenían entre el Sacro Imperio Romano al norte y al oeste y el islámico Imperio Otomano al sur y al este. La vida en esta vulnerable tierra de nadie era siempre peligrosa, y algo más que ligeramente esquizofrénica. Los sultanes turcos presionaban constantemente a los gobernantes transilvanos para que se convirtiesen al Islam, mientras que los reyes cristianos exigían a los transilvanos defender la fe y ser como un muro de fuego frente al avasallador infierno religioso del sur.

El miedo, la inestabilidad y la violencia constante llenaban este frágil reino fronterizo, mientras ambos Imperios recurrían a la traición, el asesinato y la conquista directa para reclamar los territorios estratégicamente vitales en Transilvania. Los gobernantes de Valaquia se enfrentaban constantemente a pésimas opciones y situaciones perdedoras. Para complicar todavía más las cosas, la diminuta nación limitaba con la Iglesia Ortodoxa al este y con la Católica al oeste, y solía sufrir el calor de las intensas peleas entre las dos facciones cristianas rivales. Los nobles boyardos germanos locales se aferraban tenazmente al poder en Valaquia, socavando de continuo la autoridad del príncipe. Mientras tanto, todas estas fuerzas se hallaban atrapadas en el fuego cruzado de varias guerras encubiertas entre clanes vampíricos, que utilizaban a nobles, clérigos, príncipes, reyes y naciones como peones. Pocos príncipes duraban mucho tiempo así. En el siglo XV, Transilvania era una olla hirviente a punto de estallar de furia.

EL VIEJO DRAGÓN

El abuelo de Vlad, Mircea el Grande, gobernó Valaquia como príncipe y voivoda (señor de la guerra) durante un tiempo récord de treinta y dos años. Contra todos los vaticinios, y contra los deseos de los boyardos, repelió a los poderosos invasores turcos, uniendo a su pueblo y construyendo una cadena de fortificaciones estratégicamente situadas a través de Rumania. A partir de la información suministrada por la misteriosa vampiro Durga Syn, obligó a huir y mató a algunos vampiros anarquistas del clan Tzimisce que habían estado aterrorizando a los lugareños.

Dado que las cercanas Serbia y Bulgaria empezaban a caer bajo la usurpación turca, solicitó al poderoso Sacro Imperio Romano que enviase cruzados. Sin embargo, las escasas fuerzas enviadas por los cristianos carecían de experiencia, y rehusaron seguir el consejo de Mircea y sus veteranas legiones. Serbia y Bulgaria cayeron, y los cristianos sufrieron pérdidas tan catastróficas que el Sacro Emperador dejó de proteger la frontera sur, para concentrar sus recursos en la lucha contra los herejes en Europa Occidental.

Tenazmente, Mircea prosiguió su lucha a solas, manteniendo su trono sin la ayuda del Imperio que defendía. Al fin se vio obligado a pagar tributo al sultán, pero al contrario que Serbia y Bulgaria, la orgullosa Valaquia conservó su religión, su poder, su trono y sus tierras.

EL DRAGÓN PADRE

Tras la muerte de Mircea, la difícil tarea de gobernar Valaquia recayó sobre su hijo, Vlad Dracul, el padre de Drácula. Dracul ascendió al trono de una tierra abandonada por los cristianos y bajo el constante asalto de los turcos. Tuvo que malgastar un tiempo y energía preciosos peleando con los boyardos sobre política, mientras éstos maniobraban para controlar más poderes del estado. También guerreó contra los vampiros Tzimisce que plagaban los campos, sacándolos de sus guaridas secretas y empalándolos. Recibió alguna ayuda de sus compañeros de la Orden del Dragón, y también de Durga Syn, pero Europa ignoraba complaciente lo que sucedía en los “incivilizados” reinos de sus fronteras más lejanas.

El representante oficial del Sacro Imperio Romano en el área era el regente húngaro Janos Hunyadi. Aunque intervenía en la cruzada más por dinero que por ideales, los europeos le consideraban el cruzado más importante del momento, y controlaba los recursos del Imperio en su guerra contra los turcos. A Hunyadi no le gustaba el legítimo líder valaco y quería situar a su propia marioneta en el trono de Vlad Drácul. Así que, aunque prometía apoyar al príncipe, Hunyadi no hacía nada, abandonando a Drácul a su suerte mientras los turcos sitiaban todas las fortificaciones de Mircea.

Los grandes ejércitos del sultán Murad II cerraron sus fauces sobre Transilvania, masacrando brutalmente a los campesinos que encontraban. Encontrándose solo contra los musulmanes a los que había jurado eliminar, el padre de Drácula hizo un pacto con los turcos. Queriendo ahorrar a su gente la agonía de una completa destrucción, el astuto Vlad Dracul pactó ayudar a conquistar a su propio pueblo. Él y el joven Drácula cabalgaron con los turcos mientras masacraban, saqueaban y arrasaban todo a su paso hacia Valaquia.

Pero Dracul engañó al sultán, atacando las áreas menos leales de Transilvania, y permitiendo que los habitantes de las poblaciones se rindieran antes que ser convertidos en esclavos turcos. Mientras tanto, ocupaba gran parte del ejército del sultán en expediciones inútiles contra pequeñas aldeas, Vlad dirigía de forma secreta a su hijo mayor, Mircea el Joven, para dirigir golpes relámpago contra importantes posiciones turcas. El joven recuperó con éxito toda la línea de vitales fortificaciones transilvanas construidas por su abuelo y tocayo.

Como las conquistas turcas de pueblos transilvanos habían dejado a Valaquia bajo un control cristiano más firme que nunca, el sultán se empezó a preguntar por la lealtad de Vlad. En 1444, convocó al príncipe y a sus tres hijos a compartir la hospitalidad de su corte. Vlad olió una trampa, pero sabía que no podía engañar al sultán. Dejó a Mircea en casa, sabiendo que su hijo mayor podría continuar gobernando el país si él era ejecutado.

Tal y como Dracul sospechaba, el sultán tendió una emboscada al príncipe y a sus dos hijos, y los hizo prisioneros. Murad permitió volver al castigado Dracul, pero retuvo a los muchachos como rehenes para asegurarse la lealtad de Vlad. Drácula sólo tenía once años.

Durante los tiempos de apuro de Dracul, el más grande cruzado cristiano había hecho muy poco. El Papa y los pueblos de Europa llamaron a Hunyadi para desplegar las fuerzas de la Cristiandad. Sin embargo, más que sentirse reconfortado por las exitosas reconquistas de Valaquia, Hunyadi tomó las victorias de Dracul como afilados y dolorosos recordatorios de su propia inacción. Cuando ya no pudo mantener la presión, planeó una gran cruzada.

Hunyadi reunió un ejército que consideró suficiente y abandonó la seguridad del castillo de Hunedoara para preparar la campaña de Varna. Sin embargo, cuando llevó las tropas a Valaquia, un abatido Vlad Dracul le alertó, señalando que “el sultán sale de caza con más tropas”.

No obstante, Vlad desdeñó su propio criterio y el consejo de una misteriosa vieja adivina, y envió a su hijo Mircea el Joven con cinco mil soldados. A pesar de las brillantes tácticas de Mircea (incluyendo el primer uso rumano del cañón), el numeroso ejército cristiano fue masacrado.

Mircea ayudó al vencido Janos Hunyadi a retirarse a lugar seguro, pero entonces exigió que el regente fuera juzgado como responsable de los errores tácticos: los tribunales fallaron y le sentenciaron a muerte. Pero el poderoso Hunyadi usó sus elevados contactos para que la sentencia fuera revocada. Abordó al primo de Drácula, Vladislav II de la familia Danesti, y le permitió nombrarle príncipe de Valaquia si mataba al príncipe Dracul.

Vladislav envió asesinos para tender una emboscada y matar a Vlad y a Mircea mientras combatían a los turcos. Sin embargo, los asesinos fracasaron en sus intentos de acercarse al príncipe, hasta que algunos vampiros Tzimisce ofrecieron su ayuda.

Los Vástagos del Clan Tzimisce, que odiaban a Dracul por sus exitosas matanzas de vampiros, utilizaron sus poderes sobrenaturales para cazar al príncipe y a su hijo. Colaborando con los Danesti, los no muertos capturaron a Mircea el Joven y lo enterraron vivo, pero Vlad Dracul evitó a sus perseguidores el tiempo suficiente para disponer un legado secreto.

Envolvió su medallón de la Orden del Dragón, la espada de Toledo que le había regalado el emperador Segismundo, y una carta, y dio las reliquias a un servidor leal. Ordenó al aldeano entregar el paquete a su heredero. En pocas horas, los asesinos atraparon a Vlad en los pantanos y lo mataron. Los Tzimisce, actuando de acuerdo con Hunyadi, colocaron a Vladislav II en el trono de Valaquia, creyendo que la familia de Mircea el Grande había sido exterminada.

EL HIJO DEL DRAGÓN

El cobarde asesinato del sabio, osado e invicto voivoda conmocionó al mundo cristiano, aunque el sultán recibió las noticias con satisfacción. Hunyadi se había librado del único gobernante que le había vencido, colocando a un débil e incompetente advenedizo en su lugar.

Para el caso de que Vladislav II mostrara alguna resistencia, Murad comenzó a preparar a los herederos de Dracul para que le sirvieran como gobernantes títeres. Dispuso que algunos de los sabios más importantes del mundo educaran a los muchachos en disciplinas de estado, ciencias e idiomas, tácticas de guerra turcas y en la antigua filosofía griega. Vlad Drácula quedó profundamente impresionado por la filosofía de los cínicos, que sostiene que la conducta humana viene motivada totalmente por el propio interés. También aprendió los caminos misteriosos de los sufíes y otros misterios sagrados del mundo árabe, que le mostraron el punto de vista totalmente opuesto.

Su posición privilegiada en la corte le dio una gran ventaja para conocer a los políticos del Imperio Otomano y determinar quién controlaba realmente su país. Observó cómo los poderosos vampiros del clan Assamita manipulaban a los hombres débiles, controlando en consecuencia los más importantes asuntos de estado. Sólo los místicos iluminados parecían conocer claramente el alcance de la influencia de los clanes vampíricos.

Los estudios de Drácula le sirvieron de ayuda durante la penosa experiencia del cautiverio y abandono. Rehusó ser atraído por la causa del sultán, aterrorizando periódicamente a sus captores, a los cuales les estaba prohibido castigarle. En contraste, el hijo menor de Dracul, Radu, disfrutó de la opulencia de su dorado cautiverio. Saboreó los refinamientos de la corte del sultán y tomó una apariencia muy otomana. Disfrutó especialmente del harén real, considerado una perversa extravagancia por la Cristiandad.

Aunque Radu hubiera devenido de un gobernante más dócil, el sultán decidió que reconquistar el trono valaco requería la ferocidad de Vlad y un liderazgo fuerte. Liberó al príncipe, que contaba con veintiún años de edad, con un séquito islámico para reclamar su legítimo trono. Vlad venció al usurpador y ascendió al trono, gobernando como un títere islámico.

Sus leales le informaron pronto de que los asesinos de Hunyadi le iban a asesinar. Después de tan sólo dos meses en el trono valaco, huyó al norte hacia Moldavia, donde encontró asilo con sus parientes reales. Hunyadi repuso al pretendiente de los Danesti en el trono valaco, y el exiliado Vlad continuó sus estudios bajo la tutela de instruidos monjes cristianos. Esto le hizo tomar contacto con la cultura humanista del Renacimiento, que emergía de Europa, y con el conocimiento secreto de los místicos cristianos.

Durante el autoimpuesto exilio de Vlad, el aliado más leal de su padre dio con él, entregando al joven príncipe el medallón de la Orden del Dragón, la espada y la carta. La carta le reveló muchos secretos para gobernar el estado de Valaquia, incluyendo información vital sobre los cristianos, musulmanes, gitanos y Tzimisce; daba incluso la localización de guaridas secretas de vampiros. Dracul el Viajo revelaba a su hijo que la Orden del Dragón tenía muchos conocimientos secretos sobre cómo combatir espíritus malvados como los vampiros.

Dracul había escrito: “Busca el consejo de la vampiro Durga Syn. Sólo ella, entre todos los hijos del Maligno, ama la tierra como yo. No te rindas a los boyardos, ni a los mahometanos, ni a los vampiros Tzimisce, porque ninguno te ama. Resiste contra todos, y utilízalos unos contra otros en nombre de tu pueblo… Ascender al Trono de Valaquia es ascender a la Cruz. Los que no acepten de buen grado el sacrificio sólo encontrarán tortura”.

“Aunque sufrí una agonía al traicionar y entregar a mis hijos al sultán, os sacrifiqué gozosamente a ti y a tu hermano al Trono que es la Cruz. Si no utilizáis a vuestra familia, el Trono os destruirá. Pero si comprendéis por qué se hizo así, y gozosamente, floreceréis en el Trono de las Espinas. Y si de buen grado sacrificáis todas vuestras posesiones, y todo lo que sois, y todo en lo que creéis, a la Cruz, viviréis por siempre”.

La carta daba instrucciones a Vlad para purificarse, aliarse con un poderoso protector, visitar la Orden del Dragón, y reclamar su trono. Vlad juró sobre las reliquias que así lo haría, y vengaría la muerte de su padre.

EL DRAGÓN SE ENROSCA

En Valaquia, el usurpador títere de Hunyadi, el príncipe Vladislav II, no estaba preparado para el agónico esfuerzo de gobernar la sangrienta frontera del reino, por lo que padeció terriblemente. Unos pocos años de presión del sultán le aplastaron como si de un huevo se tratase, y pasó de adulador de la Cristiandad a vasallo pro-turco. Incluso los boyardos se alzaron brutalmente sobre él, ocupando más poder del que les correspondía.

Mientras en el mundo cristiano crecía la insatisfacción con el usurpador valaco, Drácula asumió un riesgo en memoria de su padre. Abandonó su pacífico asilo en Moldavia y se abrió paso luchando hasta el castillo de Hunedoara: sobrevivió a emboscadas y asesinatos para alcanzar la corte del líder más poderoso de la región. Para sorpresa del mundo cristiano, juró inamovible lealtad a Hunyadi, el asesino de su padre.

La astuta táctica le dio buenos resultados. Su coraje y osadía impresionaron a la corte de Hunyadi como nada lo hubiera conseguido. Los constantes fracasos de Hunyadi le habían costado su regencia sobre Hungría, y necesitaba desesperadamente seguidores fuertes. Deseaba un arrojado defensor más que continuar vengándose de la familia de Dracul, así que lo tomó bajo su tutela, educándole en las artes de la guerra occidentales y las tácticas anti-turcas.

Drácula aprendió tres importantes secretos durante su estancia en la corte de Hunyadi. Dominó la táctica de golpe relámpago de la estrategia de guerrillas de los herejes protestantes, y aprendió técnicas para construir carros armados, el uso táctico de lo que se parecía terriblemente a la moderna guerra de tanques. Drácula, un experto en tácticas de batalla islámicas, asimiló ávidamente estas dos estrategias de los cruzados cristianos.

El tercer secreto fue la información sobre los vampiros inmortales que controlaban gran parte del destino de los mortales. En conversaciones secretas con los gitanos y herejes cautivos, aprendió muchas de las costumbres y poderes del clan Tzimisce. Los hombres del Hunyadi despreciaban tales historias como desvaríos supersticiosos, pero Vlad creía en las palabras de su padre. Aprendió todo lo que pudo sobre los recién formados Sabbat y Camarilla de viejos sabios rumanos.

Hizo varias peregrinaciones importantes por Europa en busca del conocimiento oculto. Llegó hasta la antigua corte de Bizancio, buscando conocimiento sobre los omnipresentes vampiros. Cuando aprendió todo lo posible de fuentes externas, hizo una peregrinación a la capilla de la Orden del Dragón en la fortaleza imperial de Nuremberg.

Se unió a los otros veintitrés miembros del círculo interior, comprometiéndose a proteger a la Cristiandad de las fuerzas del mal. Desde aquel día, lució el medallón del dragón, que mostraba un dragón devorando su propia cola, crucificado sobre una doble cruz. Vlad recibió los tres mantos de la Orden; verde por las escamas del dragón, rojo por la sangre de los mártires, y negro por el misterio de la pasión de Cristo, los cuales portó orgullosamente.

Tras cinco años como pupilo de Hunyadi, Vlad dominaba todo lo que su mentor le había enseñado, y comenzó los preparativos secretos para reclamar su legado. Menos de dos semanas después de la repentina muerte de Hunyadi, Vlad atacó a Vladislav II y tomó el trono valaco.

EL DRAGÓN REINA

El príncipe y voivoda de veinticinco años no perdió el tiempo consolidando su poder en Transilvania. Su padre había intentado servir a dos amos y terminó no sirviendo a ninguno. Vlad estaba decidido a evitar ese destino, no jurando lealtad a nadie sino a sí mismo y al pueblo rumano. Moviéndose con implacable velocidad, consolidó alianzas con importantes autoridades del oeste cristiano, pagó tributos al sultán, fomentó la rebelión contra los turcos a lo largo de sus fronteras y puso a sus tropas en forma.

Todas las fuerzas en torno suyo, desde el emperador hasta el sultán, pasando por los boyardos y los Tzimisce, observaban con disgusto al bisoño príncipe. Su amenaza más inmediata surgió del interior. Los nobles boyardos, preocupados por la idea de un voivoda de fuerte voluntad en el trono, le crearon los mismos problemas que a su padre y a su abuelo. Habían invertido generaciones en acumular más y más poder, debilitando a la familia de Dracul frente a los Danesti, y estaban ansiosos por deshacerse de Vlad.

Pero Drácula no esperó a que le matasen poco a poco. Se movió rápidamente para barrer y exterminar a los miembros del ejército privado de Vladislav II y a cada uno de los herederos varones que pudieran reclamar el trono algún día. En uno de estos ataques sitió un castillo fuera de sus tierras mediante engaños y lo devolvió a los turcos, al no poder defenderlo. Estos violentos movimientos tomaron a la corte por sorpresa y atemorizaron considerablemente a los políticos locales.

Mientras la corte se encontraba desorientada, Vlad reunió un poderoso ejército de mercenarios leales a él. Contrató a hombres de todos los grupos étnicos (incluidos turcos y gitanos) y les ordenó que colaboraran entre ellos. Les instruyó en las tácticas de combate cristianas y musulmanas y les enseñó el arte de matar a los vampiros. Reunió a los mejores en una unidad de elite, sus leales “Hachas”, y los convirtió en empaladores consumados.

Cuando los boyardos amenazaron el gobierno de Drácula y enviaron un ejército privado contra él, el príncipe Drácula emboscó a los usurpadores y los mató. Luego convocó a los boyardos culpables a una fiesta de Pascua, los agasajó con gran pompa y les preguntó cuántos príncipes valacos podían recordar: algunos recordaban hasta treinta. Drácula culpó de la rápida sucesión de príncipes a las “vergonzosas intrigas” de los boyardos. Llamó a sus leales Hachas, que empalaron a los boyardos más viejos y a sus mujeres y esposaron a los jóvenes.

Las fuerzas de Vlad llevaron a los jóvenes boyardos a las montañas, donde les ordenó construir el Castillo Drácula. Sus finas ropas se convirtieron en harapos y trabajaron hasta la muerte. Vlad llenó los repentinos vacíos dejados por la nobleza con sus tropas más leales, elevando a plebeyos a encumbradas posesiones territoriales. Los boyardos restantes nunca se recuperaron de la audacia de estos movimientos, pero desde entonces mostraron gran lealtad.

El castillo, una obra maestra de la ingeniería defensiva que incluía un túnel secreto a las montañas, violaba expresamente los anteriores tratados con el emperador y el sultán, que prohibían a los vasallos defenderse de sus amos. Como su abuelo Mircea el Grande, el príncipe Vlad Drácula construyó una línea de murallas y fortalezas para fortificarse frente a la tormenta proveniente del sur. También erigió pequeñas fortalezas en lugares ocultos de las montañas y las llenó de provisiones.

Se ganó la lealtad del clero local con su generosidad y su devoción por el ritual. Hizo grandes donaciones, fundó monasterios (completados con cámaras de tortura y túneles secretos para huir) y siempre daba cristiana sepultura a sus víctimas empaladas.

Se cuidó de no desafiar todavía a los vampiros Tzimisce, pero envió a sus Hachas a espiarlos. También envió jinetes en busca de la vampira Durga Syn, pero no la pudo encontrar.

En la corte, Drácula era un gobernante fuerte, decidido y nada complaciente. Su estilo de mando se ganó la lealtad directa de sus tropas, sus hogares y del pueblo rumano, que vieron en él a su padre y a su abuelo. Hizo del bienestar del pueblo su más alta prioridad, sabiendo que necesitaría de su bendición si sobrevivía y progresaba.

Con su base de poder en casa más segura, Vlad se interesó por los asuntos del exterior. Vio el trono como una máquina enloquecida que aplastaba y expulsaba a los príncipes con lealtades enfrentadas, pero Vlad había seguido el consejo de su padre y sabía lo que esperaba. Utilizó a su leal séquito para rastrear a los espías del Sacro Imperio Romano, del Imperio Otomano y de la nobleza valaca, y se aseguró de suministrarles gran cantidad de información falsa. Recibió información vital sobre sus conspiraciones de sus espías y de sus camaradas de la Orden del Dragón, muchos de los cuales eran príncipes y jefes de estado.

Vlad era muy consciente de que cada grupo de poder buscaría convertirle en su vasallo, y decidió mantenerse firme ante todos. En lugar de prepararse para resistir la inevitable presión que ejercerían sobre él, volvió las tornas contra ellos, haciéndoles demandas inmediatas. Cuando sus diplomáticos rehusaron ceder, como sabía que harían, los hizo asesinar en despiadadas y retorcidas ejecuciones llenas de humor negro. Esto le creó una reputación inmediata de líder fuerte, y de hombre con el que no se podía jugar.

Cuando los alemanes enviaron a cuarenta hombres jóvenes a Valaquia para “aprender la lengua rumana”, Drácula les preguntó por qué habían viajado hasta Valaquia cuando podían aprender rumano en Hungría o en las zonas de Transilvania lindantes con sus tierras. No pudieron dar una respuesta satisfactoria, por lo que Drácula ordenó empalarlos a todos por espías.

Los sajones germanos en Valaquia se levantaron para derrocar a Vlad, por lo que éste encabezó una serie de incursiones de castigo en las posesiones sajonas, empalando a todos y cada uno de los habitantes que encontró.

Cuanto más le hostigaban sus enemigos, más refinadas se hacían sus torturas. Un rival Danesti llamado Dan III encabezó un ejército privado hacia las tierras de Drácula y ordenó al pueblo levantarse contra Vlad, al que acusó de venderse a los turcos. Pero los rumanos eran leales a Drácula por su negativa a pagar tributos al sultán, y la revuelta fracasó. Drácula ordenó a Dan III cavar su propia tumba mientras un sacerdote leía una misa de difuntos.

El último rival de Drácula por el trono fue Vlad el Monje. Drácula quemó los monasterios alemanes para barrerlo y empaló a todo el pueblo que lo ocultaban.

Todo esto llevaría a la confrontación más importante de todas… no con los turcos, sino contra los vampiros. Drácula sabía que vampiros Tzimisce disfrazados pululaban por su corte, intentando colocar a gobernantes de los Danesti en el trono. Mantuvo la vigilancia sobre los vampiros, pero no les dejó saber que conocía su secreto.

Cuando un joven que luchaba con la fuerza de diez hombres, desdeñando además las heridas de espada que recibía, interrumpió una tardía sesión nocturna de empalamiento en los territorios del rebelde Dan III, las Hachas de Drácula supieron lo que era y qué hacer con él. Combatieron al vampiro con lanzas de madera y le atravesaron el corazón. Después lo llevaron al castillo de Drácula, donde éste lo encadenó en las mazmorras, extrayendo la estaca y cebándose con su sangre. Una feroz fuerza fluyó a través del príncipe Drácula, alimentando su ansia de mayores conquistas. Recompensó a sus Hachas con pequeños tragos de sangre de vampiro y planeó su glorioso futuro.

Éste es uno de los motivos por el que el empalamiento se contaba entre sus métodos favoritos de ejecución. Era consciente de que, cuando los vampiros se encontraban rodeados, sus hombres debían matarlos sin inflamar los miedos supersticiosos de los campesinos. Los lugareños habían vivido sometidos a los ataques de los vampiros durante siglos y se aterrorizarían de saber que el príncipe Vlad estaba azuzando a los no-muertos. Vlad empaló a tres vampiros Tzimisce durante este tiempo, y les vació también la sangre.

Aunque el clan Tzimisce prefería a la familia Danesti y le desagradaba el abuso de Vlad sobre sus neonatos, admiraba su osadía y sus recursos, respetándolo por encima de otros pretendientes al trono. Algunos pedían venganza y otros querían convertirlo en un vampiro Tzimisce. Habiéndose unido recientemente al Sabbat, sin embargo, su guerra contra los antiguos les mantenía demasiado ocupados para tomarse nada mas que un pasajero interés en la audacia de Vlad.

Así empezó la fascinación de Drácula por la sangre. Sus cortesanos le vieron untar el pan en la sangre de sus torturados enemigos. Aunque muchos dijeron que hacía esto para intimidar a sus adversarios, en realidad había desarrollado el gusto por la sangre, incluso por la débil sangre humana.

Con su reino finalmente asegurado frente amenazas internas, su flanco occidental asegurado mediante tratados, y su fuerza personal asegurada por la toma de dosis regulares de sangre de vampiro, Drácula planeó su guerra contra los turcos.