Alix de Vaujours
París, 1198.
Hubo un tiempo en que el nombre de Vaujours abría puertas sin forzarlas. No era una gran casa, pero tenía torre, tierras y capilla propia. Tenía derecho a sentarse en la mesa correcta y a no inclinar demasiado la cabeza. Alix creció aprendiendo eso: cómo sostener la mirada, cómo callar a tiempo y cómo escuchar lo que no estaba destinado a oídos femeninos.
Hasta que la acusación de Herejía se presentó cómo un susurro asesino. Una carta y un sello.
Una palabra es suficiente para destruir un linaje.
Los hombres de Iglesia inspeccionaron libros. Revisaron relicarios. Formularon preguntas que ya traían respuesta.
La Corona no discutió. Otra familia heredó las tierras. El blasón fue arrancado de la piedra y el estandarte envuelto en llamas, todo en una sola noche.
Alix vio cómo el honor ya no significa nada más que vergüenza.
Sobrevivió. La única de su familia que no fue ejecutada esa noche. Otros planes había para aquella pequeña “hereje”.
Alguien la observaba esa noche. Como, tal vez, ya lo hubiera hecho muchas otras…
Su Sire no la escogió por lo que era, sino por lo que había entendido. Ella no lloró cuando cayó la casa. No imploró. Observó.
Comprendió que la fe puede ser un arma y que la verdad rara vez importa cuando los poderosos ya decidieron.
La noche del Abrazo no hubo explicaciones.
Tal vez él había susurrado algo en los oídos adecuados… no era la primera noche que él susurraba.
Cuando despertó, su cuerpo era una burla de la nobleza que había representado. La piel corroída, rasgos torcidos como si algo hubiera querido borrar su antiguo rostro y no hubiera podido terminar el trabajo. Sus manos, antes finas, ahora parecían recordar las secas ramas de un fresno.
No gritó. No preguntó. Sólo lo aceptó, como un mendigo acepta que lo escupan en la cara. Nada podía hacerse. Sólo quedaba resignarse.
Aunque hubiera preferido haber muerto junto a su familia.
Aprendió a moverse bajo la ciudad. En criptas y pasadizos, entre mendigos y cadáveres recientes, Alix descubrió que la deformidad no destruyó su dignidad: la redefinió.
París, desde abajo, es más honesta. Allí no hay blasón que proteja. No hay absoluciones rápidas. El rico, el pobre y el santo se mezclan con los malditos y hacen tratos con las ratas.
Lleva aún el colgante familiar, con su manchada heráldica, oculto bajo sus vestiduras oscuras. El metal frío roza una piel que ya no pertenece al día.
No sabe si su familia era realmente hereje.
No sabe si su Sire intervino en los acontecimientos que destruyeron su mundo.
No sabe si todo fue simple ambición feudal vestida de santidad.
Pero a veces, cuando recorre los túneles en construcción bajo Notre-Dame, siente que algo aún respira dentro suyo. Algo que aún vive en su interior… ella lo llama: La Verdad.
Alix no predica.
No conspira abiertamente.
Observa. Y no será la última noche que lo haga.
En el París de 1198, donde la fe y el poder caminan del brazo, una Nosferatu que observa demasiado puede volverse más peligrosa que un decreto real.
Porque la herejía, verdadera o no, dejó una grieta.
Y las grietas son territorio Nosferatu.



