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    25 Aniversario

Crónica – Los Peones de la Corte – Pepe

Los inicios de su vida fueron tranquilos para alguien del medievo. Vivía en un pueblo apartado, donde no pasaban demasiadas cosas. Cumplía con su trabajo de jornalero desde niño para ayudar en casa, junto a su padre, su madre y su hermana. Pensaba que no había nada más para él, aunque soñaba con conocer otros lugares. Sabía que alguien como él no podría conseguirlo. Tal vez por eso se dejó impresionar cuando aquel joven noble llegó con sus sedas de color es, regalos brillantes y la intención de cortejar a su hermana.

Obviamente, dudó al principio. Los nobles nunca se unían con personas humildes como ellos, pero era tonto y se dejó llevar por los halagos de su hermana hacia aquel sujeto y por los regalos.

Vio cómo su hermana partía lejos del pueblo hacia una vida mejor y rogó a Dios, o a quien fuera que estuviera dirigiendo todo aquello, que le fuera bien. Debió haber dudado cuando aquel hombre solo llegaba durante la noche. Debió haber dudado cuando sus sirvientes mostraban aquellas caras tan extrañas, pero no lo hizo.
Con el tiempo, la única forma de conexión con su hermana eran las cartas que llegaban. Aunque él no podía leerlas; nunca había aprendido. Su madre sí era capaz de hacerlo, así que durante un par de años fue ella quien se encargó de leerlas, hasta que, lamentablemente, murió.

Así se quedó solo con su padre, quien enfermó de tristeza. Tuvo que empezar a cazar solo, utilizando una daga propiedad de su padre para mantener la casa. Era un jornalero; solo trabajaba el campo. Nunca había asesinado a ningún animal y tuvo que empezar a hacerlo.

Pero, inevitablemente, llegó la muerte de su padre y las cartas de su hermana continuaron acumulándose, cartas que él no podía leer.

Una vez que el entierro de su padre hubo terminado, decidió viajar y conocer el mundo. Tenía miedo de lo que pudiera encontrar, pero ha bía sido criado con la idea de que la familia debía estar junta, y una visita a su hermana podría calmar sus sentimientos.

No sabía mucho de lo que había pasado. Por las antiguas cartas que su hermana había enviado a su madre, sabía que ella estaba bien, pero eso podía haber cambiado y no tenía forma de corroborarlo. Así que decidió embarcarse en un viaje.

Grande fue su sorpresa al ver a su hermana en una casa enorme, con sirvientes por montones y riqueza suficiente para despilfarrar. Y, al parecer, había adoptado algunas conductas de aquel hombre. Solo lo veía de noche, de vez en cuando, y apenas si llegaba a ser abrazada o tocada.

No pasó mucho tiempo antes de que su hermana le contara lo que le había sucedido, hablándole de una estirpe de magnificencia y poder, de criaturas que dominaban la noche y de antiguos pactos de sangre.

Vaya desgracia. Había quedado fascinado con la idea de la inmortalidad. Podría estar con su hermana por siempre. El miedo a la pérdida que se había formado después de ver morir a sus padres nunca volvería a atraparlo. Y, sobre todo, tendría el poder. El poder de viajar y conocer todos aquellos lugares que tanto ansiaba ver.

Le pidió a su hermana el abrazo, pero ella se negó. No le dio razones al respecto, más allá de decirle que sería una tortura para él, levantando palabras con respecto a la pureza, al amor, a la devoción a Dios. Aunque él insistía, la respuesta era la misma.

Y, en una ocasión, en la bruma de la noche, cuando salía por las calles empedradas, se encontró con una mujer. Ella le habló y él le correspondió. Hablaron de la vida, de la muerte y de la noche. Hablaron de la tristeza, de la traición y del viaje; de lo que se podía ver fuera de los muros de la ciudad, de los prados y de los bosques más allá de las montañas.

Le maravilló aquella mujer. Ella comentó que conocía el secreto y que también era capaz de otorgar el grandioso Don. Lo había estado observando y se lo daría como un regalo, con el fin de reunir a los hermanos por toda la eternidad.

Y él aceptó. Fue abrazado y abandonado, dejado a su suerte para sobrevivir un día, como dictaba la tradición del clan. Una vez que sobrevivió, ella volvió para instruirlo en sus nuevas habilidades y después lo llevó hasta la puerta de la gran casa.

Grande fue su sorpresa al escuchar cómo aquel hombre, esposo de su hermana, gritaba y se embravecía mientras su sire se reía vengativamente por lo que había hecho.

Pudo ver incluso la decepción en los ojos de su hermana, algo que lo atormentaría hasta el día de hoy.

Fue justo ahí cuando cayó en cuenta de que su estupidez lo había llevado a aceptar algo que no debió hacer.

Sí, obtuvo el poder. Obtuvo la inmortalidad. Obtuvo aquello que deseaba. A cambio, heredaría aquella rivalidad estúpida que ahora era pasada de sire a chiquillo.

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