Ser narrador es una de esas vocaciones que nadie elige del todo. Un día estás tirando dados, y al siguiente estás cargando mapas, PNJs, reglas, snacks, expectativas y la responsabilidad emocional de cinco personas que te miran como si fueras un servidor de historias ambulante. Y lo más extraño es que, aun sabiendo todo eso, seguimos narrando.
Este artículo nació hace casi veinte años, cuando la comunidad era más chica, más caótica y más inocente. Hoy, después de miles de partidas, cientos de jugadores y un cuarto de siglo de Oscuros Secretos, estas reflexiones vuelven con una madurez distinta… pero con la misma verdad incómoda.
La pregunta que nunca cambia
Al final de cada partida, muchos narradores —sobre todo los que crecieron en esta comunidad— hacen siempre las mismas preguntas:
- ¿Qué cambiarías
- ¿Cómo la mejorarías
- ¿En qué tipo de aventura te gustaría participar
Y las respuestas, aunque varían, tienen clásicos eternos:
- “Más malos para matar.”
- “No fue tan complicada, pero la próxima hacela más simple.”
- “Quiero ser Príncipe así mato al Giovanni, al Toreador, a los Brujah y al Mago.”
Pero cuando preguntamos si les gustó la partida, la respuesta universal es:
- “Sí.”
Siempre “sí”. Seco. Lacónico. Como si decir otra cosa activara un mecanismo de autodestrucción del personaje. En veinte años, casi nadie dijo:
“La descripción del Sabio Antiguo fue increíble.” o “El enigma del cofre perdido estuvo brillante.” – No. Siempre “sí”.
El derecho prohibido: jugar
Hay un tabú silencioso en el rol: los narradores también queremos jugar.
Pero cuando lo intentamos, pasa de todo:
- caras largas
- silencios incómodos
- sospechas de favoritismo
- miradas de “¿y ahora quién narra?”
Como si nuestro destino fuera narrar y morir narrando.
Algún día llegará la liberación —FREEDOM— y todos los narradores nos pondremos en huelga. Ese día, los jugadores tendrán que narrarse entre ellos… y ahí sí que no quiero imaginar lo que saldrá.
El mito del agradecimiento
Existe una leyenda urbana en la comunidad: el jugador que agradece.
Dicen que una vez, hace muchos años, ocurrió algo así:
Jugador 1: “Che, ¿cuánto gastaste en esos mapas a color? Están increíbles.”
Narrador: “Unos 15 dólares.”
Jugador 2: “¡Gracias, Narrador! Fue la mejor aventura que jugué en mucho tiempo.”
Narrador: “No es para tanto.”
Jugador 1: “Somos siete. Si ponemos dos dólares cada uno te cubrimos casi todo.”
Narrador: “¡Genial! Así compro la próxima expansión.”
Ese narrador tuvo una tarde perfecta. Una en un millón. Porque la verdad es que, incluso hoy, con comunidades más grandes, más maduras y más conectadas, el agradecimiento sigue siendo raro. Y la crítica constructiva, aún más.
Entonces, ¿por qué seguimos narrando?
Porque narrar es un acto de amor. Porque creemos en la historia compartida. Porque sabemos que, cuando una mesa funciona, ocurre algo que no se puede explicar con palabras. Porque en Oscuros Secretos —desde 2000 hasta hoy— narrar es parte de nuestra identidad colectiva.
Y porque, aunque duela, aunque canse, aunque a veces sintamos que hablamos solos, siempre hay un momento —una escena, una decisión, una mirada entre jugadores— que nos recuerda por qué empezamos.
Ser narrador es difícil.
Ser narrador es ingrato.
Ser narrador es hermoso.
Y algunos estamos condenados —o bendecidos— a seguir siéndolo.


