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El Mundo Cambiante

Cuando Gaia creó vida por primera vez, Ella diseñó a las Razas Cambiantes para mantener el mundo en orden. Mucho antes de que los humanos hollasen la tierra, Ella hizo a sus más viejos hijos, los Rokea, para servir a su legado sobreviviendo a toda costa, y a los Mokolé, para que fuesen Su Memoria de todo lo ocurrido. La reina Ananasa, viendo el trabajo de Gaia, pronto creó a sus propios descendientes (los Ananasi) para supervisar el equilibrio de la Tríada incorrupta. Y, según las formas de vida mamíferas comenzaban a buscar su lugar junto a sus primos anfibios e insectoides, Gaia se vio inspirada para crear también hijos de esas nuevas especies de sangre caliente. Las Razas Cambiantes habían nacido.

Gaia dio a cada uno de los recién llegados sus propios deberes sagrados y, cuando los primeros grupos de tribus paleolíticas empezaron a expandirse por el mundo, Gaia bendijo a Sus hijos con la habilidad de caminar entre los humanos como si fueran uno de ellos, pero también les cargó con una tarea adicional: impedir que esta nueva especie rompiera el equilibrio del vasto tapiz de la creación.

Cada uno de los hijos de Gaia tenía un papel vital que desempeñar. Los Apis ayudaban por igual a humanos y a cambiaformas a engendrar descendencia sana y sabia. Los Gurahl protegían los lugares sagrados y, con la ayuda de los Grondr, sanaban cualquier daño sufrido por la Tierra. Los Corax y los Camazotz vigilaban a los demás cambiaformas y los ayudaban entregando mensajes de y a la propia Gaia. Las muchas Tribus de Bastet trabajaban juntas para coordinar las acciones de los demás cambiaformas. Los Ratkin, la última y más fuerte defensa de Gaia contra el potencial destructivo de la humanidad, vivían entre los humanos, vigilantes ante los problemas que otros cambiaformas podrían pasar por alto.

A primera vista, los Nuwisha y los Nagah parecían carecer de una función clara, pero ambos desempeñaban tareas esenciales. Los Nuwisha eran embaucadores de la clase más antigua y poderosa, que ayudaban a mantener el equilibrio en el mundo dándole una patada en el momento justo. Los Nagah tenían un deber más claro, pero lo mantuvieron en el mayor de los secretos. Se escondían a plena vista como bailarines, eruditos e inofensivos excéntricos… y asesinaban a cualquiera que trabajara en contra de los intereses de Gaia.

Los Garou eran la más numerosa de las Razas Cambiantes… y la más egoísta. Protegían el mundo destruyendo los horrores sobrenaturales que lo amenazaban y cazando abiertamente a los humanos que ponían en peligro el equilibrio. Con el tiempo, los hombres lobo empezaron a considerarse mejores que las demás Razas Cambiantes y exigieron sumisión y obediencia de aquéllos a quienes denominaron “Fera”: todas las demás Razas Cambiantes.

Como los Cazadores de Gaia, reclamaron la propiedad de las primeras tribus humanas y, en vez de ser sus guardianes y cuidadores, los Garou se convirtieron en los dueños de la humanidad. Por todo el mundo, las aldeas de humanos se postraron ante sus señores lupinos, de lo contrario caían ante su imparable poderío.

Los Garou ahuyentaban a cualquiera que intentara interferir con su tiranía. A medida que las tensiones crecían, algunos líderes de los hombres lobo empezaron sostener en público que los Fera eran innecesarios y en privado que eran una amenaza al poder de los Garou. Finalmente, por razones que las Razas Cambiantes siguen discutiendo aún hoy en día, los Guerreros de Gaia empezaron a dar caza y matar al resto de Sus hijos cambiaformas.

La Guerra de la Rabia

Los Garou llaman a esta época la Guerra de la Rabia. Para el resto de las Razas Cambiantes, sin embargo, sólo fue un intento de genocidio. Los Rokea escaparon de los ataques de los Garou retirándose al mar. Muchos Corax y Nuwisha se marcharon a la Umbra buscando evitar a sus asesinos en potencia en los reinos espirituales. La mayoría de los Gurahl los siguieron y los que quedaron atrás Hibernaron, esperando sobrevivir a la locura de los Garou. Los Ratkin y los Ananasi se escondieron de los inmensos Garou en medio de las florecientes aldeas del hombre, confiando en el sigilo para protegerse, mientras que los Nagah fingieron su propia extinción para escapar de la ira de los hombres lobo. Muchas de las Razas Cambiantes más marciales intentaron parar la tiranía de los Garou y, como resultado, sufrieron terribles pérdidas.

Tanto los Apis como los Grondr decidieron enfrentarse a sus opresores lupinos y ambos fueron aniquilados a causa de ello. Los Bastet y los Mokolé fueron capaces de sobrevivir a la embestida de los hombres lobo (e incluso hacerles probar su propia medicina), pero sólo a un gran coste. Por todo el mundo, la sangre de los hijos de Gaia manchó la tierra; las pérdidas entre los Garou fueron grandes, pero los demás cambiaformas sufrieron muchísimo más. Estas batallas sólo cesaron en el momento en que los Garou creyeron que todas la Razas Cambiantes habían muerto o habían sido sometidas por la fuerza. Para entonces, sin embargo, la Guerra de la Rabia había distraído a los Garou tanto de sus deberes como de su dominio de la humanidad. Una vez que las guerras mermaron lo suficiente a la población Garou (y distraído a los supervivientes) la humanidad se liberó de su control. Sin la opresión constante de los hombres lobo, la humanidad se expandió y aprendió a defenderse contra enemigos naturales y sobrenaturales. En unos pocos siglos, las primeras ciudades verdaderas surgieron en lo que se conoce como la Cuna de la Humanidad y, con el tiempo, los imperios humanos empezaron a crecer por toda la tierra.

Cuando los Garou volvieron a prestar atención a sus deberes, era demasiado tarde como para volver a hacerse con el control. La población humana se disparó y sus sociedades estaban organizadas y bien defendidas. Los hombres lobo, debilitados por el choque con sus primos cambiaformas, fueron incapaces de detener el avance de la civilización humana. Ésta había desarrollado armas blancas tan afiladas como los colmillos y las garras, hondas y arcos que atacaban a distancia y armaduras lo suficientemente duras como para defenderse contra cualquier cosa salvo los más fieros Guerreros de Gaia. Para los Lobos ya no era posible diezmar el rebaño humano trabajando en solitario… y habían ofendido o destruido a todos sus aliados sobrenaturales.

Después de la guerra

Durante los siguientes miles de años, las Razas Cambiantes lucharon por recuperarse de la devastación, pero las cosas nunca volverían a ser iguales. La Guerra de la Rabia había transformado el mundo. Donde una vez los hijos de Gaia habían sido bienvenidos dondequiera que los llevaran sus deberes, ahora la humanidad recordaba la tiranía de los Garou y levantó muros para dejarlos fuera. Incluso entre las propias Razas Cambiantes se marcaron claramente líneas territoriales. Sólo los Corax, que rápidamente recuperaron su papel de espías y mensajeros para cualquiera con secretos que compartir, tendieron puentes entre los abismos dibujados por la guerra que existían entre las Razas Cambiantes. Los Garou seguían dominando lo que hoy conocemos como Europa y el resto de las Razas Cambiantes evitaban el continente (o se escondieron lo suficiente para que los Garou no los encontraran). Sólo unos pocos Ratkin furtivos acechaban a la sombra de la humanidad mientras ésta comenzaba a expandirse hacia el Atlántico, junto con los siempre esquivos Nagah, que continuaron ejerciendo su letal oficio tan sutilmente que nadie, ni siquiera el Garou con el más fino olfato, pudo detectar su rastro.

ORIENTE Y OCCIDENTE

En la masa continental eurasiática, la combinación de distancia física y culturas cada vez más diversas separó a los cambiaformas de Europa y del Este Asiático hasta el punto que generaciones enteras de unos desconocían la existencia de los otros. Aunque esta separación impidió que la Nación Garou destruyera el Reino Medio cuando declaró la guerra al resto de los Fera, las Cortes de las Bestias de Asia sufrieron su propia versión de la Guerra de la Rabia, conocida por aquéllos que la soportaron como Guerra de la Vergüenza. No fueron los Garou los villanos en esta empresa, sino los Wan Xian: humanos dotados de Poderes sobrenaturales a los que se les había encargado proteger a la humanidad. A causa de su avaricia y su traición, los Wan Xian (que terminaron convirtiéndose en los monstruos vampíricos conocidos como Kuei-jin) enfrentaron las Cortes de las Bestias entre sí, lo que dio como resultado una tragedia tan devastadora como la que los Garou infligieron a las Razas Cambiantes occidentales.

Sin embargo, con el tiempo, las Cortes de las Bestias descubrieron que la Guerra de la Vergüenza fue el resultado de una manipulación externa. Esa rabia compartida impidió que se fragmentasen, pero no antes de que la guerra se cobrara a los Okuma, los Gurahl asiáticos. Hoy en día, con la excepción de los Kumo (los hombres araña Hengeyokai que se pusieron al servicio del Wyrm), los cambiaformas asiáticos trabajan juntos con una sinergia que, tristemente, sus primos de Occidente no han podido replicar.

Al otro lado del estrecho de Bering, los Garou de Norteamérica se distanciaron de sus hermanos europeos, pero eso no consiguió enmendar el cisma con las demás Razas Cambiantes. Los Nuwisha viajaban de costa a costa y continuaban haciendo de las suyas, como siempre habían hecho, excepto que ahora algunos Hijos de Coyote se hacían pasar por Garou para poder moverse con seguridad entre los hombres lobo que vivían allí. Sólo unos pocos cambiaformas osaron permanecer en el continente, cuidadosamente ocultos de los sentidos de los forasteros entrometidos: los nómadas Pumonca, los solitarios Qualmi y los Rokea, quienes podían internarse en la seguridad de Mar si los Garou se acercaban demasiado. Pasaron los siglos, y los Fera siguieron evitando categóricamente el contacto con los Garou en las tierras que éstos reclamaban como propias. Los hombres lobo asumieron que las partes del mundo en las que no había lobos también les pertenecían, pero estaban muy equivocados.

Los Mokolé, los Balam y los Camazotz controlaban las junglas de América Central y del Sur, donde el terreno hostil y la frondosa vegetación los ocultaron de los Garou. En el Continente Negro, los Ajaba, Mokolé y varias Tribus de Bastet encontraron refugio en las exuberantes sabanas, protegidas de la intrusión Garou por los eriales de los desiertos del norte. Durante miles de años después de la Guerra de la Rabia, los distintos grupos y Razas Cambiantes tuvieron sus propias tierras y sólo algunos valientes (o estúpidos) viajeros ocasionales tuvieron contacto con los cambiaformas de más de una región. Bajo la guía de los Garou, se había impedido cualquier tecnología humana que permitiera que la gente viajase más lejos y más rápido para poder asir con mayor firmeza las riendas de sus protegidos. Pero cuando la balanza se inclinó a favor de la humanidad, el control de los hombres lobo flaqueó y terminó por fallar. Durante la Era de los Descubrimientos, la expansión humana desde el baluarte de los Garou en Europa se dispersó por el resto del mundo. Según el hombre migraba, los Garou buscaron un hogar en otras costas, lejos de sus abarrotadas tierras natales. Muy pronto, los barcos europeos se aventuraron hacia India, China y las Américas, y unos pocos Garou acompañaron a los marineros humanos. La Era de los Descubrimientos, y la época colonial que la siguió, trajo nuevos desastres a las Razas Cambiantes.

Los hombres lobo europeos lucharon contra los nativos de Norteamérica, pero esas batallas no tuvieron punto de comparación con la violencia desatada contra los cambiaformas de Sudamérica.

En muchas ocasiones, los Garou quedaban horrorizados cuando descubrían Fera que creían sin duda extintos desde hace mucho. Muchas Razas Cambiantes formaban parte de culturas que a los Garou europeos, conservadores y estrechos de miras, les parecieron extrañas y terribles. Tras siglos luchando contra Perdiciones y Fomori en Europa, los conquistadores Garou supusieron rápidamente que cualquier cambiaformas al que no pudieran comprender estaba aliado con el Wyrm. Esta actitud y la violencia que trajo consigo empujaron a los Garou a una nueva Guerra de la Rabia. Al igual que las poblaciones nativas fueron arrasadas por la expansión europea inicial, los Balam, Mokolé y Camazotz pagaron un precio muy alto cuando los hombres lobo descubrieron su presencia allí. Los hombres jaguar y los hombres saurio sufrieron la embestida de los Garou, pero pudieron salvarse internándose más en las profundidades de la selva y los terrenos más duros de la tierra que tiempo atrás habían convertido en su hogar; los hombres murciélago no tuvieron tanta suerte. Espoleados por la suposición de que las alas membranosas y el aspecto de murciélago significaba que servían al Wyrm, los Señores de la Sombra que viajaban con los conquistadores españoles se encargaron de dar caza y masacrar a la Raza al completo. Un siglo después, los Garou occidentales volvieron su atención al Continente Negro y viajaron con colonos, exploradores y mercaderes. Consideraron primitivas a las Razas Cambiantes que encontraron y rápidamente las tildaron también de servir al Wyrm. Algunos hombres lobo incluso navegaban en barcos esclavistas europeos y arrojaban al mar a todo aquél de quien sospechaban que era Parentela no Garou señalándolo como “no-apto” o peligroso. Abrumados y sobrepasados, los Fera retrocedieron a zonas naturales más agrestes y salvajes, confiando en que la vasta extensión de terreno (desconocido para los Garou) impidiese una matanza generalizada.

Estos conflictos continuaron durante los siguientes cientos de años y alcanzaron su clímax en el siglo XIX con la primera gran batalla entre los Garou europeos y las Cortes de las Bestias. Esta campaña de sangrienta violencia duró muchos años, alimentada por la desconfianza que sentían ambos bandos.

En los albores del siglo xx, esta nueva Guerra de la Rabia estaba prácticamente acabada. Aunque su población había sido diezmada y su cultura devastada, los Fera no habían sido derrotados. Durante el final del siglo XIX y el principio del xx, muchos cambiaformas africanos y asiáticos usaron las guerras por la libertad colonial como tapadera para sus propios esfuerzos de contraataque contra los Garou y los gobernantes extranjeros que devastaban sus tierras. Desafortunadamente, las Razas Cambiantes pronto se dieron cuenta que, una vez terminada la época colonial, los nuevos gobernantes humanos de sus naciones abrazaban los aspectos más destructivos de la industrialización… y en unos pocos casos incluso superaron el talento de los gobernantes coloniales para la destrucción del medio ambiente.


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Tiburk

Un amante de los juegos de rol...

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