Él me asusta.
Cuando lo conocí, definitivamente me intimidó. ¿Cómo podría no hacerlo? Se alzaba sobre la mayoría de los hombres, una estatua de músculo y hueso tallada para la batalla. Su mirada era lo peor: pesada, intensa, como si pudiera ver a través de todas mis capas y defensas. Y detrás de una calma mal interpretada ocultaba una ferocidad latente que, solo con vislumbrarla en un destello de su iris, me hacía estremecer de pies a cabeza
Claro que no debí aceptar salir con él. Lo supe desde el principio. Su posesividad no era la de un hombre enamorado, sino la de un coleccionista que ha encontrado una buena pieza. Era intenso, sí, pero en las malas maneras: en el silencio incómodo, en su presencia imponente, en la forma en que su mano agarraba mi cintura como una marca de propiedad. Hasta sus caricias eran pesadas, toscas.
No, no debí casarme con él. Fue una locura. Habíamos salido apenas unas semanas cuando desapareció sin explicación alguna; Un mes de silencio absoluto, de noches preguntándome si habría muerto o simplemente me había abandonado. Y cuando regresó, con ropa vieja cubierta de polvo de caminos lejanos y con una nueva cicatriz sobre el ceño, no hubo explicaciones. Solo se arrodilló, tomó mi mano y dijo: «Casémonos. Es lo único que tiene sentido».
No me juzguen, por favor. Es que su calidez, cuando estaba a mi lado, era de otro mundo. Su protección no era asfixiante, era un muro infranqueable entre yo y todo el mal del universo. Y su intensidad… Dios, su fuego era ferozmente sexual. Una atracción primaria que resonaba en lo más profundo de mi cuerpo para entregarme sin reservas. Si, debería haberme ido, una vez lo intenté, traté de escapar de esa red invisible. Él no me persiguió. No hizo falta. Solo esperó. Lo sentí durante días, una presencia constante y paciente en la periferia de mi vida, como un lobo al borde del bosque. Me llamaba sin una palabra. Y al final, comprendí. Yo era suya por completo y no podía ser de otra forma.
Nuestra vida era un ciclo extraño. A veces se iba durante días o semanas. Cuando volvía a nuestro lecho, lo hacía agotado y con sed de paz, nunca explicaba los moretones o cortes superficiales; Dormía durante un día entero y, al despertar, me tomaba en sus brazos como si fuese la única cosa importante en todo el universo, como si en mi piel encontrara el único refugio verdadero.
Él me asustaba. Porque cuando esa ferocidad interior se liberaba, era imparable como un camión. Su furia era fría y tan devastadora que no parecía humana, Cuando le decía algo hiriente o le atacaba de alguna manera notaba como sus puños se apretaban hasta crujir las falanges, su mandíbula se tensaba, todo su cuerpo se crispaba de una forma que siempre me dejaba la sensación de que era apenas la punta del iceberg.
Intenté dejarlo varias veces desesperada por recuperar un control que quizás nunca tuve o nunca perdí. Fue un error. La última vez estuve viviendo de trabajos temporales, pidiendo dinero a personas que no debía hasta que por fin la deuda volvió para morderme; Cobradores me rodearon en un callejón, sus intenciones claras en los cuchillos que reflejaban la luz de la luna. Supliqué por más tiempo, y cuando los empujones y la violencia estaban por escalar grité por ayuda, pero las personas no desean involucrarse en situaciones peligrosas y en mi desesperación, no clame a Dios, mi mente traicionera evocó su nombre.
Y él vino.
Llegó en el momento indicado, como si mis súplicas hubieran sido llevadas por el viento hasta sus oídos. Como si mi elección infantil de alejarme fuera insustancial frente al lazo que nos unía. Otra vez con sus acciones me demostraba que nos pertenecemos de formas que mi razón no logra entender.
Cuando encaró a aquellos hombres, él ya estaba temblando. No de miedo, sino de rabia pura y contenida que hacía vibrar el aire a su alrededor. No me miró ni una vez. Su atención estaba puesta en ellos, en ese momento sentí que había tomado una decisión; Un paso definitivo del que no podría retractarse.
No tardó en demostrarlo con un gruñido que rasgó la noche en aquel callejón, un sonido que no era humano. Su cuerpo le acompañó cambiando, hinchándose. La tela de su camisa y su abrigo se desgarraron con violencia bajo la repentina mole de músculo y pelo espeso que emergía. Creció y creció, hasta que su mole sombría superó los dos metros por mucho y no era mi esposo; Era una bestia hirsuta, de garras curvadas como dagas y mandíbulas enormes que lucían hambrientas.
Lo que siguió no fue una pelea. Fue una carnicería: Los desgarró con facilidad a ellos y a sus armas como si fueran débiles pollos a la merced de un lobo furioso. Fue aterrador. Fue brutal. Fue horroroso y fue mi salvación.
Cuando terminó, la bestia se volvió hacia mí. Sus ojos, ahora de un ámbar brillante, ya no tenían la ferocidad del animal, sino la profunda tristeza de mi esposo. En ese momento, me lo mostró todo; Su verdad. Sus guerras en sombras que yo ni sospechaba. Su otra vida; la real. No era un hombre. Era un ser de un mundo antiguo y violento, y yo era su hogar, su descanso de la guerra. Él me tendió una garra manchada de sangre que lentamente se convirtió en una mano, su mirada era una pregunta silente; ¿Aceptarías todo lo que soy?
Sin dudarlo, tomé su mano entre las mías. La sangre se enfriaba pegada a su piel áspera. Asentí llorando. Me llevó a los bosques oscuros y las montañas olvidadas donde su gente aún camina y continúa resistiendo. Y yo, contra toda lógica, contra todo miedo, quería ir con él. Porque al final, en su ferocidad había encontrado mi refugio, y en sus ojos de bestia, había visto mi verdadero hogar.
José Ulises “Okanami” Alvarez.




¡Excelente relato de nuestro buen amigo Ulises!