Calígula

Cayo Julio César Germánico fue el hijo menor de Germánico y Agripina. Como vivió desde los dos años en el campamento militar de su padre, los soldados tenían por él gran cariño.

Fueron ellos los que le dieron el sobrenombre con el cual pasó a la historia: Calígula, que viene a ser diminutivo de caliga, el calzado militar. Según Suetonio participó en el asesinato de Tiberio, quien lo había designado como uno de sus sucesores. Tiberio había dicho que preparaba una víbora para el pueblo romano. La víbora fue Calígula. Según Tiberio, Calígula tendría todos los vicios de Sila y ninguna de sus virtudes.

Comenzó, sin embargo, marcando su reinado con disposiciones liberales. Por ello llegaron a pensar los afligidos ciudadanos romanos que estaban en el inicio de un tiempo feliz. No fue así. Enfermó debido a sus excesos y, superada la enfermedad, mostró su verdadero talante. Algunos dicen que desde entonces estuvo en la demencia. La dilapidación y el desenfreno marcaron el resto de su reinado. Su crueldad con los presos y los esclavos iba pareja a su lascivia. Su lujuria lo llevó a un público y desgarrado bisexualismo. Su crueldad tuvo ribetes permanentes de sadismo. Disfrutaba haciendo torturar a sus condenados en presencia de sus familiares. Se apoderaba de las posesiones de sus víctimas y no admitía contradicción a sus deseos ni que su supuesta gloria fuera puesta en entredicho. Llegó a mantener una casa de prostitución. Sólo el pueblo judío supo mantener su rechazo a la locura del Emperador, declarando sus dirigentes que era inaceptable la pretensión de colocar sus estatuas en puesto preeminente en las Sinagogas.

Calígula fue, pues, un Emperador degenerado. Fue un tirano depravado y un asesino. Históricamente se atribuyen sus excesos a su demencia. Llegó al extremo de nombrar Cónsul a su caballo Incitatus. Para él construyó un palacio de mármol y, antes de hacerlo cónsul, lo agregó al elenco del colegio sacerdotal y dispuso que los pretorianos velaran la tranquilidad de su sueño. Éstos, aparentemente, respaldaban todas sus locuras y depravaciones; hasta que llegó un momento en el cual dijeron ¡basta! Aunque la inmensa mayoría del pueblo romano pagaba el desprecio que Calígula tenía por él con un creciente rencor, fracasaron en dos oportunidades las conspiraciones en su contra. Procuró frenar todo descontento castrense con grandes dádivas monetarias a los militares. Fueron los oficiales de su guardia los que, finalmente, decidieron acabar con sus desvaríos y lo asesinaron, elevando a la sede imperial a su tío. Casio Quereas y Cornelio Sabino, tribunos de la cohorte pretoriana, asaltaron a Calígula y le dieron muerte en el pasaje subterráneo por el que se dirigía al foro.

Calígula gobernó por el terror. Pero el terror no le generó adhesiones, sino odio. No provocó el orden sino la incertidumbre. Quien como Calígula practica el terror como técnica de poder, desea llegar a una extendida cadena de complicidades, pero, cuando ésta se agota, la complicidad encuentra su núcleo aglutinante en la eliminación del tirano. Fue lo que, una vez harta de sus dislates asesinos, hizo la guardia de Calígula. El Emperador pensaba que no había instancia superior a sus caprichos. Por eso proclamó, con engreída fatuidad, refiriéndose no sólo a sus enemigos sino al pueblo entero: Oderint dum metuant! (Que odien mientras teman). Deseaba que la responsabilidad por sus crímenes fuera compartida por muchos. Aspiraba a que todos se sintieran culpables de su propia destrucción. Calígula pensaba que, por el terror, haría imposible la resistencia a su opresión. Y terminó por gestarla, con efectos letales para él, en el propio Palacio del César.

Anímica y prácticamente, lo que Calígula pretendía era doblegar o quebrar, pero dejando siempre, de un modo u otro, en la opinión general (y ello era importante), una invencible sensación de impotencia. Para difundir esa sensación, consideraba no sólo conveniente sino necesario mostrar con impudicia la absoluta prostitución de la justicia. Quien podía nombrar Sacerdote o Cónsul a su caballo podía hacer lo que quisiera con la vida de cualquiera. Calígula mostró, de una manera más llamativa que otros emperadores locos, degenerados y sanguinarios, que el terror es el arma predilecta (si no la única) de los enfermos mentales que llegan al poder. Por ello, desgraciado el pueblo (o los que se consideran dirigentes de ese pueblo) que juzgan con criterio de normalidad la patología actuante y dominante.

Las aberraciones de Calígula no tenían otro objetivo que hacer patente el imperio de la banalidad y la aniquilación de sus oponentes. Las mismas sólo se detuvieron con la eliminación física del enfermo que exigía la sumisión completa a sus absurdos. Venganza, magalomanía y sadismo constituyeron los pilares principales de apoyo del terror de Calígula. En su mando, el sentido común se vio aplastado por la furia irracional. Calígula muestra históricamente que el liderazgo de los locos sólo puede engendrar locuras trágicas. En esos casos, las ráfagas de aparente autocontrol son simplemente la pasajera máscara de la paranoia criminal, de la suspicacia enfermiza, de la desconfianza obsesiva, del miedo cerval a sus propios fantasmas y a ver a los demás como fantasmas que lo cercan con intención de intimar el cobro de todas sus deudas (que el tirano sabe impagables). Allí radica el fundamento torcido del estado general de sospecha que genera, en Calígula y en quienes como él aspiran a ser productores y administradores del terror desde el poder político, una cabal conciencia de lo que hace. Conciencia deformada, encallecida por el hábito vicioso de rechazar, siempre y a priori, la simple posibilidad de una valoración ética de su comportamiento y del de los demás.

Calígula fue un gestor del terror hasta que el terror lo abrazó entre sus garras. No pudo entender que su capacidad de terror estaba agotada y cuando sus oficiales, aterrorizados, lo asesinaron ya era tarde. Ello tiene una explicación. El gestor del terror es siempre autorreferente en sus miserias y en sus odios; no en sus amores, porque es incapaz de amar: sólo se contempla a sí mismo. De allí la inmensa crueldad de Calígula y de quienes son como él. De allí sus perturbaciones que procuran, nada menos y nada más, que aplastar cualquier tipo de espontaneidad social con la psicosis colectiva. Calígula sabía que el terror exige la idolatría del líder. Exige la divinización de su palabra. Exige hacer de la adulación un culto. El único culto. Aunque se pasen las fronteras del absurdo y del ridículo. Caligula quiso hacer sentir, sobre todo con la designación de su caballo Incitatus como Cónsul, que la supervivencia resulta, cuando manda gente como él, un asunto de casualidad, de puro azar, del capricho del César, y no efecto racional de un proceso de mando.

Calígula, administrando el terror, partía del supuesto (a menudo no carente de base) de que sus adversarios tenían frente a lo impredecible de sus decisiones, más miedo del que estaban dispuestos a reconocer. Él mostró, de manera más brutal que otros, que la falsedad y la malicia de la paranoia hecha poder sólo conducen a la horrible ruta de la represión; y que ésta es una espiral sin retorno que lleva fatalmente a un precipicio por el cual se precipita hasta quien piensa que nunca se le convertirá en el final de su camino.

Calígula quiso apoyarse en las Legiones. La vida cuartelaria había sido el caldo de cultivo de sus sueños, sus ambiciones y sus degeneraciones. Quiso hacer sentir a las Legiones que las armas decidían la vida del Imperio. No decidieron la vida sino la muerte del Imperio, y, de paso, la muerte de varios emperadores, entre ellos Calígula. Él, por supuesto, intentó que no fuese así, al menos en su caso. Y ejerciendo el terror se enfrascó en la táctica, no en la estrategia. Procuró, de esa manera, obligar a quienes le rodeaban a una constante táctica de supervivencia. Preparó su propio Termidor. Porque quienes en medio del terror se dedican al gambeteo existencial de maniobras sin fin, se agotan intentando agotar a los demás. Quienes así se comportan, como Calígula, suelen ser delincuentes caracterizados por su perversión e inmoralidad. La relación con ellos resulta destructiva: nadie en su entorno puede, de veras, desarrollar perfectivamente su personalidad.

La carencia de escrúpulos llevó a Calígula al cinismo desbordado. Como psicópata, quiso hacer depender su poder del ejercicio del terror; y para ello necesitó blindarse de cinismo. En casos como el de Calígula la subversión existencial es completa: la manipulación constante, continuada, de los asuntos públicos constituye el entramado de la vida privada del tirano. La corte del déspota afincado en el terror, como en el sangriento y bestial mandato de Calígula, requiere del constante tributo de la falsedad en la alabanza desmedida. Compuesto habitualmente por cínicos sin atenuantes y canallas agresivos, ese entorno resulta un anillo de miseria humana, blindado a la penetración de cualquier sentimiento noble o conducta recta. Ese entorno es el estercolero de la historia. La debilidad y la deshonestidad son distintivas de sus integrantes.

Calígula pensaba que el mérito del terror derivaba de los niveles obtenidos en la degradación ajena. Ella exige la adulación, porque el falso adorno argumental sustituye, en una circunstancia tan deformada, a la verdad objetiva. En ese ambiente enrarecido la actitud servil se considera como signo de eficacia. Se vive en la irrealidad de la apariencia y la hipocresía incrementa el reinado de la estupidez. Así pasaba, pero Calígula no estaba contento. La apariencia de celo, incluso cuando más desgarradamente se mostraba, ponía en evidencia la intrínseca debilidad del engranaje del terror: quienes lo integran prefieren degradarse a la condición de tinglado represivo antes que pasar a ser, en cualquier momento, sujetos pasivos de la represión. Calígula sabía que la acentuación del terror exige, habitualmente, una incrementada falta de escrúpulos, una dura callosidad en la conciencia. Por eso estuvo rodeado de canallas. Porque los grandes canallas suelen ser, a menudo, sólo siervos obsecuentes de los peores carniceros.

Con el terror, la ficción, la mentira absoluta, impera en todos los ámbitos de la vida pública. Porque, como dijo Bernard Shaw, los tiranos y su entorno de adulantes piensan que gobernar es organizar la idolatría. Con gente como Calígula la bajeza impregna de manera indecible el ánimo y el comportamiento de los obsecuentes. Calígula pedía el absurdo, la obediencia ciega, sobre el sentido común. Por ello se difuminaba el pavor al terror impuesto por el poderoso. No doblegarse a ese miedo equivalía, para la lógica claudicante, al suicidio. Así la tiranía, desde la óptica del tirano, no debía ser vista como aberración sino como desideratum. En las trastiendas mentales de las deformaciones de todos los manipuladores del terror, se pretendía y se pretende siempre anestesiar la conciencia, para poder, así, proceder con atropello absoluto de la dignidad de la persona humana. La locura de Calígula hizo alarde de la injusticia. Desde su atalaya, la aspereza de la injusticia debía, además, acompañarse de la tendenciosidad, el descaro y la contumacia. Toda consideración propiamente moral, desde tal perspectiva, resulta bizantina. El terror, además, en el caso de Calígula, era el arma difundida por quien tenía un profundo complejo de orfandad. Su padre muerto, su madre desterrada, protegido por una mente criminal como la de Tiberio…no es extraño que, a su turno, quisiera hacer sentir a sus adversarios, reales o imaginarios, la soledad, la indigencia anímica, el profundo abandono, el total abatimiento. Porque las personalidades patológicas viven y reviven sus quiebras interiores en los momentos aristados de crisis. Así, provocan, más que la veneración, el servilismo. Generan la cancelación de la identidad personal y colectiva.

La hostilidad de tiranos como Calígula se transmite por el terror. Es el terror anímico invencible de los que aplican el terror político como vasallos indignos a los que se yerguen sobre el pedestal de la libertad interior y actúan en consecuencia. Para tiranos como Calígula la utilidad de la servidumbre se reflejará en la aplicación pronta del terror a la disidencia, verdadera o imaginada febrilmente. Desde su óptica enferma la “persuasión” se basa en el miedo. Para Calígula y quienes son como él la suprema lex ya no es la salus Respublicae, sino el capricho enfermo del César, quien, por su paranoia, identifica pueblo, nación y patria consigo mismo. Tal situación refleja el maximalismo destructivo, el extremismo que considera que sólo el extremismo es revolución. Tal situación culmina (como enseña la historia de Calígula y la historia posterior) en el autoexterminio, en el canibalismo, en el jacobinismo que en su propia dinámica prepara su destrucción, el Termidor cíclico, que suele llevar a que el terror irracional desemboque en la paz de los sepulcros de las tiranías personalistas. Piénsese en Robespierre acunando a Napoleón. O en la locura de Stalin. El terror es el arma de las mentes deformadas que piensan que la historia la escriben sólo los vencedores y los supervivientes. Bonaparte y Cronwell, por poner ejemplos. Calígula y los bonapartistas piensan que el terror es el efecto natural del uso de la violencia y que, por ello, debe darsele a los verdugos del César garantías de inmunidad. Con Calígula ello se afincó llevando a la escoria militar a posiciones de comando y haciendo sentir a la marginalidad avecindada a la delincuencia que su condición no era vituperable, sino precondición de trato preferente. Fue la oferta, pasajera como todas las suyas, del administrador del terror pro bono suo. La actitud crítica frente a la dinámica distorsionada equivalía a la traición.

Con Calígula se pusieron en evidencia los rasgos implacables del alma sometida. Sometida a sus propias bajezas. Del alma afeada por el comportamiento contra natura, por el capricho, la tosquedad, la violencia, la venganza, la doblez, la crueldad, el crimen, la avaricia y la aceptación de la adulación desenfrenada. El culto a la cólera provoca la embriaguez de quienes aceptan como mandatos los señalamientos de los administradores del terror pensando equivocadamente que nunca tendrán que dar cuenta a nadie.