Historias del Cementerio de Recoleta

Morir es dormir.

En esta ocasión, daremos un paseo por nuestra historia, entre bóvedas y sepulcros de próceres y personajes destacados de la escena argentina.

 

Las tierras en las cuales se encuentra el Cementerio de la Recoleta fueron cedidas por Don Juan de Garay a Don Rodrigo Ortíz de Zárate tal cuál era la costumbre de la época en el sentido de entregar tierras a aquéllos que acompañaban al que comandaba la expedición. Ello sucedió en el año 1583. Distintos propietarios tuvo el lugar, hasta llegar finalmente al matrimonio formado por Don Fernando de Valdéz e Inclán y Doña Guerrera y Hurtado, quiénes donaron parte de ellas para levantar un convento. Asimismo Don Juan de Narvona hizo construir una Iglesia que puso bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar. Convento e Iglesia fueron regenteados por los frailes recoletos, aunque algunos afirman que estos monjes nunca existieron por estas latitudes y que en realidad eran franciscanos. Las tierras linderas servían de huerto. De acuerdo a la costumbre de la época el lugar de entierro era en los templos.

Se inhumaba en los altares, presbiterios, naves, criptas y atrios. Dado el aumento de la población era necesario habilitar un cementerio. Como consecuencia de la expulsión de los monjes por la reforma general del orden eclesiástico, su huerto se transformó en el primer cementerio público, que se inauguró el 17 de Noviembre de 1822. Los planos del cementerio fueron confeccionados por el ingeniero Próspero Catelin, siendo las sepulturas a término, renovables y otras a perpetuidad.

En él están enterrados los restos de grandes personalidades de nuestro país. Cuando Buenos Aires se vio azotada por la terrible epidemia de fiebre amarilla de 1871, se prohibió sepultar allí a las víctimas, aún cuando tuvieran sepulcros de su propiedad. El gobernador don Emilio Castro, con este motivo se dirigió al ministro Avellaneda pidiendo la clausura por estar mal situado, hallarse en un terreno completamente saturado y en las peores condiciones. Los intereses creados no permitieron satisfacer sus deseos. Paulatinamente, su interior fue perdiendo el aspecto poco acogedor, para convertirse en un lugar apacible y sereno. Lentamente fueron edificándose bóvedas y monumentos de lujo y artísticos.

Como todo cementerio tiene numerosas leyendas e historias acumuladas a través de los años. Se dice que uno de los cuidadores del cementerio un tal señor Aiello, resolvió construir en el su propia tumba para lo cual ahorró suficiente dinero viajó a Génova y encargó un altorrelieve donde aparece con sus herramientas de trabajo. Una vez colocado en la bóveda, quedó tan enamorado con su obra que para poder ocuparla no tuvo otra idea mejor que la de suicidarse.

Despertar a oscuras, en un ataúd, sin espacio para moverse, sin aire para respirar. Arañar la tapa del cajón y no lograr abrirlo. Gritar y que nadie escuche. Ser sepultado vivo. Una de las peores fantasías de terror que cualquier ser humano puede tener. Así murió, realmente, la joven Rufina Cambaceres a principios de siglo pasado. Rufina era descendiente de una familia porteña de abolengo, hija del escritor Eugenio Cambaceres. La noche en que celebraba sus 19 años se preparaba para a ir al teatro. Pero fue encontrada muerta. Tres médicos se encargaron de revisarla porque la noticia estremeció a la aristocracia porteña. Después del veloz entierro (no hubo velatorio) un familiar visitó su tumba y descubrió un leve desplazamiento del ataúd. La leyenda cuenta que cuando lo abrieron, encontraron golpes y rasguños en la cara de Rufina, provocados, quizás, en su intento por escapar. Una escultura a escala real, encargada por su padre, la muestra abriendo la puerta de su cripta en el Cementerio. Aquella puerta que no pudo abrir al despertar de un presunto ataque de catalepsia. Aunque las malas lenguas dijeron que su madre, una ex prostituta francesa a la que la alta sociedad de la Buenos Aires de entonces siempre rechazó, la narcotizó porque era amante del novio de Rufina. Quizás el alma en pena de Rufina sea la dama de blanco que muchos juran haber visto vagando por la Recoleta.

Para nuestra tradición funeraria, el matrimonio termina con la muerte. Al morir, los cónyuges vuelven a la casa paterna o, en este caso, a la bóveda familiar. Pero el presidente Roque Saenz Peña, duerme el sueño eterno en el mausoleo de sus suegros. Cuando era joven, le presentó a su padre una novia de quien estaba perdidamente enamorado. Éste, al conocerla, le dijo que este amor era prohibido y le confesó que aquella chica era su media hermana oculta producto de una relación furtiva. Saenz Peña nunca más le dirigió la palabra a su papá y, al llegar su hora, pidió ser sepultado con la familia de su esposa (otra mujer, no la que resultó ser de su sangre).

Salvador María del Carril fue el vicepresidente del General Urquiza. Un hombre bastante duro tanto en las cuestiones políticas como en la vida conyugal. Por medio de una carta pública que mando a los diarios, comunicó a los acreedores de su mujer que no pensaba hacerse cargo de sus deudas. Su esposa decidió no volver a hablarle. Durante veintiún años convivieron de esa manera. Cuando murió, ella construyó uno de los monumentos “más formidables” del predio. Del Carril está cómodamente sentado mirando hacia el sur y protegido por el baldaquino. Quince años después, como última voluntad, ella pidió que su busto fuera colocado de espaldas a él y en una posición más incómoda. Una muestra en mármol de como había sido la vida en común.

Aquí se encuentra también la tumba de Liliana Crociati, muerta en 1970, a los 26 años, cuando estaba de luna de miel en la ciudad austriaca de Insbruck, víctima de un alud. Tras la desgracia, su padre la inhumó en un mausoleo donde le reprodujeron su dormitorio y contrató al escultor Wilfredo Viladrich para que le hiciera una estatua junto a su perro, con su velo de novia y el pelo peinado como a ella le gustaba. También está la tumba de Alfredo Gath, uno de los dueños de la tienda Gath & Chaves, quien temía ser enterrado vivo por lo que se preparó un féretro que se abría por dentro, con campanilla, que probó varias veces pero que no necesitó utilizar al morir a los 60 años de muerte natural.

El cementerio guarda la historia de Elisa Brown, la hija del almirante Guillermo Brown, quien perdió a su prometido, el capitán Francisco Drumond, durante una batalla de la Guerra del Brasil, en 1827, cuando le faltaban meses para casarse. La chica no soportó el dolor y en la fecha que se había acordado para la boda, con su vestido de novia, a los 17 años, se internó en el río frente a La Boca y se mató.

Pero uno de los puntos cardinales es el panteón de la familia Avellaneda, ya que allí se guarda la cabeza del gobernador de Tucumán, Marco Avellaneda, degollado a los 27 años por las fuerzas del general rosista Manuel Oribe, en 1841. El presidente Nicolás Avellaneda vio la cabeza de su padre en una pica cuando tenía cinco años pero una mujer, Fortunata García García, la rescató y permitió que se la inhume, sin que se sepa que era solo esa parte del cuerpo.

En todo momento la Recoleta es un paseo que atrapa por su arte, su toque místico y por las historias sobrenaturales, que cautivan a quienes las escuchan.