El Fin de la Verdadera Mano Negra

Decisivas calamidades golpean a la Mano Negra en rápida sucesión. En cuestión de meses, la labor de milenios se viene abajo. Muchos de los miembros del culto mueren, y los supervivientes se dispersan a los cuatro vientos.

La Mano Negra perdió su ciudadela en el Mundo Subterráneo de forma súbita. A lo largo de los siglos, algún wraith ocasional llegaba a Enoch; y en cada una de aquellas ocasiones el wraith acababa cautivo, encontraba su fin al intentar huir o volvía a la sociedad wraith para descubrir que nadie estaba dispuesto a creer su historia de una ciudad de vampiros en medio de la Tempestad. El imperio del Mundo Subterráneo gobernaba a los wraith europeos y americanos, y los señores de la muerte que lo gobernaban sabían de Enoch desde hacía mucho tiempo. Soñaron durante siglos en borrar la ciudad, pero nunca encontraron un camino seguro para llevar a sus tropas a través de la Tempestad… hasta hace poco tiempo. Por fin, wraiths que no eran amigos del imperio, pero lo eran todavía menos de Enoch, dieron a las fuerzas imperiales información precisa sobre su ubicación. En poco tiempo, la armada fantasmal, compuesta por barcos fantasma de todos los siglos, zarpó hacia Enoch para bloquear y bombardear la ciudad de los vampiros.

Las defensas de Enoch incluían protecciones mágicas y muros de mármol negro de 30 metros de alto. El imperio no envió una pequeña partida de incursión, sino una fantasmal armada con la mayor potencia de fuego posible. Las docenas de vampiros presentes en Enoch (y sus ghouls y criados fantasmales) tenían un tremendo poder, como demostraron hundiendo los primeros barcos que se acercaron, pero al final prevalecieron la superioridad numérica y la familiaridad con el entorno. El imperio usó su arma definitiva, el fantasma de una bomba atómica. Con un destello cegador, Enoch y todos sus habitantes se disolvieron en la nada.

Casi ningún habitante, ni siquiera los que tenían altos niveles de Auspex, advirtió nada. Los Aralu, fuesen lo que fuesen (Nd.T.: y si alguna vez existieron), no enviaron señales en sus sueños a sus fieles seguidores y cayeron bajo el fuego atómico como el resto de la población. Los enemigos de Enoch consiguieron reunir poder suficiente para ocultar su aproximación hasta que fue demasiado tarde para que los defensores escapasen. Al principio del asedio, una patrulla wraith descubrió a tres jóvenes ghouls que intentaban huir; tras la destrucción de la ciudad, el imperio ordenó que los ghouls fuesen liberados para llevar la noticia a las Tierras de la Piel. «Más allá del Manto,» dijeron los fantasmas imperiales, «los vampiros sólo encontrarán la justicia de la que escaparon entre los mortales».

Crisis de liderazgo

Con la caída de Enoch, la Mano Negra no sólo perdió a importantes miembros, sino también su mayor refugio. La Del’Roh del momento, una reservada antitribu Ventrue, pereció junto con su alto mando. Como sus predecesores, había sido asesorada con frecuencia por tres poderosos magos de la sangre del antiguo Oriente Medio, abrazados al principio de la historia del culto (N.d.T.: conocidos como los Difuntos). Una historia apócrifa dice que los tres sobrevivieron a la explosión el tiempo suficiente para ser vistos por los marinos fantasmales, ardiendo y reformándose mientras absorbían la energía vital de las almas perdidas de la ciudad, fundiéndose después con la energía.(N.d.T.: ¿podrían tratarse los Difuntos de Tal’mahe’Ra las tres figuras que vislumbró Ambrogino Giovanni justo antes de que se produjese el 6º Maelstrom?) Los miembros supervivientes del culto intentaron rastrear posteriormente los orígenes de la historia, sólo para descubrir que se desvanecían en la niebla de la leyenda social: nadie lo había visto, siempre se lo habían oído contar a otro. La historia parece ser una mera muestra del respeto de los wraith por la fuerza del enemigo.

Los Serafines empezaron a discutir entre ellos por el derecho a elegir al nuevo Del’Roh. Volaban las recriminaciones sobre a quién culpar de la caída de Enoch, y los Serafines lograron ponerse de acuerdo en una cosa: alguien del culto debía de ser el responsable, y sería destruido por ello. Las facciones no representadas en el liderazgo supremo del culto también pedían consideración. El culto empezó a dividirse. Clanes y líneas de sangre unos contra otros, vampiros contra no vampiros, fanáticos contra seguidores más tibios, vampiros orientados hacia los mortales contra vampiros interesados en el control de la sociedad Cainita. Cualquier discusión que pudiese llegar a la violencia lo hacía.

La Semana de las Pesadillas

La Mano Negra hubiese podido superar la pérdida de Enoch, aún en su debilitada condición. Los principios básicos del culto no decían nada de ciudades en el Mundo Subterráneo, ni siquiera del fantasmal legado de la Primera Ciudad. Aun si algunos Antediluvianos se permitían perecer, sin duda era parte de un plan maestro. La Gehena seguía acercándose y el culto podía continuar reuniendo sus fuerzas. El sentido general de urgencia podría unir de nuevo a la Mano.

Entonces comenzó la Gehena, y los miembros del culto descubrieron que sus esperanzas habían sido en vano.

Según los estudiosos de la Estirpe, el Antediluviano Ravnos se despertó de un sueño semiconsciente en algún momento de Julio de 1999. Durante la siguiente semana luchó contra diversos oponentes, mientras enviaba telepáticamente imágenes simbólicas de la batalla. Por fin, una combinación única de poder tecnológico y sobrenatural destruyó al Antediluviano. Los temores despertados durante esa semana cruzaron la comunidad vampírica, pero tienen un sentido especial para la Mano Negra.

Desde su origen, el culto había recibido instrucciones de los Antediluvianos a través de sueños. Los profetas llevaban las palabras de los ancianos. En Enoch, los Antediluvianos hablaban más directamente todavía, confirmando antiguas enseñanzas y añadiendo detalles. Los miembros del culto llegaron a la certeza de que cumplían la voluntad de sus amos dormidos.

Pero el Antediluviano Ravnos no tenía nada que decirles. Ni un solo elemento de sus aullidos mentales pudo ser interpretado plausiblemente como una referencia a la labor de la Mano. En el momento de mayor necesidad, su amo no llamó al culto en busca de ayuda. No apartó a sus seguidores de alguna inescrutable tarea, ni mostró signos de saber que estaban allí. Muchos de los miembros de la rama occidental del culto corrieron en su ayuda al reparar en la verdadera naturaleza de la batalla, pero el Antediluviano no los reconoció. Sencillamente, el culto carecía de importancia para su amo.

Llegó la desesperación.

Y la racionalización no tardó en seguirla. Al fin y al cabo, el Antediluviano Ravnos estaba loco. Estaba ocupado. Algunos susurraban que había enloquecido por sueños procedentes de su dominio del Quimerismo. Quizá el siguiente Antediluviano mostrase al despertar más compostura y reflexión. Pero las racionalizaciones se vinieron abajo con la misma rapidez. Ningún Antediluviano habla ahora en sueños a la Mano Negra. Quizá, susurran algunos, nunca lo hicieron. O puede que el culto naciese con intenciones sinceras y después fuese víctima de los engaños de otros vampiros o criaturas. Ninguna profecía del culto hablaba de la Semana de las Pesadillas, y si las profecías no te preparan para las grandes crisis, ¿para qué sirven entonces? Quizá los profetas se engañaron a sí mismos o manipularon al resto del culto.

Mucho peor que la división en facciones, la pérdida de fe sacudió al grupo. Algunos buscan nuevas fuentes de esperanza. Otros esperan el final inminente, convencidos de que sólo pueden morir a manos de los Antediluvianos. La Mano Negra no existe ya como entidad unificada.

Tiburk

Un amante de los juegos de rol...

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