Armonía y Rectitud: el Paradigma Akáshico

La magia Akáshica no es un fin para ser perseguido en sí, sino como un efecto secundario del Despertar. La comprensión espiritual es la llave al progreso. La habilidad de realizar milagros es un interés secundario que puede distraer a un Akashayana de la verdadera senda.

La magia viene con el conocimiento de los Dharmas, los principios primordiales de la creación, forma, y destrucción. Estos poderes son puestos en movimiento por el Sam Chien y son invisibles para los Durmientes, quienes prefieren los sueños materialistas del Samsara, el Consenso.

El Drahma

Para trascender el Samsara, el Akashayana practica el Drahma. El Drahma es la contracción de dos conceptos. Drala, un término tibetano que significa “sobre el enemigo”, es un estado especial donde las dualidades son reconciliadas y las ilusiones son penetradas. Conocer el Drala es negar la división de conceptos tales como el yo y el otro, la materia y el espíritu. Sin la oposición, un Hermano se encuentra sobre el enemigo porque todos los enemigos no son diferentes de su propia naturaleza intrínseca.

Dharma es una palabra sánscrita con numerosos significados. En el Hinduismo, un Dharma es un deber hacia la familia, la casta social y la sociedad. Realizar el Dharma ayuda al hombre o mujer a obtener una encarnación mayor y eventualmente a la unión con la Divinidad. En las enseñanzas de Buda, el término era transformado en una descripción de los principios de la realidad. Aunque esta es la definición que la Hermandad abraza, no hay que pensar que no tiene implicaciones en la responsabilidad personal. Las verdades fundamentales de la Rueda integran la conciencia moral de uno en la comprensión mística. Para los Akashayana, no hay diferencias entre las dos.

Drahma es entonces un acercamiento al universo que aboga vivir en armonía con la naturaleza y realizar solo aquellos actos que lo llevan a uno más cerca de descubrir la gran verdad de la existencia, que las Diez Mil Cosas de la realidad no son diferentes ni separadas de la verdadera naturaleza del individuo. Todos los actos son parte de una mayor totalidad. Creación, preservación y destrucción rompen las barreras que aíslan a la gente del fluir de la Gran Rueda.

Sam Chien

Cuando un Hermano Akáshico vive acorde a los principios del Drahma, naturalmente invoca los poderes del Todo, cuando siempre actúa acorde con las fuerzas dinámicas que lo rodean y permanecen en él. Basado en su jat, pai o temperamento personal, se alinea con uno de los Tres Ministros del Sam Chien: el Tigre, el Dragón o el Fénix. No se convierte en un vehículo para ese patrón, a diferencia de los Nefandos o los impulsivos hengeyokai. En su lugar, las personificaciones del Dinamismo, Inmovilidad o Entropía equilibran las tendencias del Hermano para rechazar o ignorar aquellas fuerzas en su vida diaria.

El Sam Chien, como otros aspectos del Drahma, no es sólo un fenómeno externo. El Tripe Conflicto es uno interno. Así, un Kannagara que se enfoca en destruir sus lazos con el mundo material invoca el Fénix para imponer orden en su práctica de modo que esto no se haga un ejercicio de nihilismo. Mágicamente, esto significa que él se convierte en un recipiente vacío a través del cual se manifiestan los poderes del Ministro, moderados con su contrastante temperamento.

Los Li-Hai hablan de un cuarto Ministro, Lung-ta, quien sirve para balancear los otros. La mayor lección de Lung-ta es encontrar entendimiento incluso en las cosas ordinarias y defectuosas.

Los Bodhicitta: el Corazón del Entendimiento

En el medio del Triple Conflicto se encuentra el Bodhicitta, conocido por otros magos como la manifestación del Avatar. Los Akáshicos no lo consideran una batería de Quintaesencia, un Dios o el alma. El primero abofetea con su irreverencia. Para todo su poder, el segundo es inferior a un humano Despertado, y el tercero aísla al Hermano de la Rueda.

Mas bien, en Bodhicitta es la chispa de Akasha, la sabiduría primordial llamada Naturaleza Buda, el Tao y muchos otros nombres. Todos los seres tienen un Bodhicitta, la comprensión es inherente, no una función de lineaje o suerte.