Torneos, Justas y Heraldos

Según el único cronista que menciona la cuestión, los torneos fueron inventados hacia el año 1060 por un caballero francés que luego murió en uno de ellos.

Los primeros torneos consistían en que un grupo de nobles y sus caballeros formaban dos pequeños ejércitos, acordaban unas cuantas normas básicas y se preparaban para luchar por un terreno determinado durante un día concreto, o parte de un día. Si algún señor había invitado a otros, probablemente demostrara su larguesse otorgando premios a los caballeros que hubieran combatido valientemente.

Una de las normas de los torneos consistía en que si a uno hacían prisionero, debía entregar su caballo, sus armas y su armadura a su captor y pagar un rescate, como en la guerra real; no resultaba fácil juzgar un ataque a campo abierto en un terreno que podía abarcar muchas millas, pero no cabía duda quien había capturado a quién. Los caballeros aceptaban la casi total certeza de que iban a terminar el día agotados y llenos de magulladuras, con bastantes probabilidades de resultar heridos o lisiados o resultar muertos si la habilidad o la suerte les fallaban.

Muchos caballeros se convertían en auténticos adictos a los torneos, forma rápida de ganar una fortuna o de perderlo todo. Se cuenta como, después de grandes torneos, decenas de caballeros derrotados salían corriendo hacia los prestamistas. También se narra que muchos caballeros que habían perdido todas sus riquezas en los torneos, eran salvados de la ruina total y del encierro por sus esposas, reuniendo lo suficiente para pagar el precio del rescate.

Otros, sin embargo, obtuvieron fama y fortuna gracias a los torneos. Por ejemplo, William Marshal, que terminó su carrera gobernando Inglaterra como regente de Enrique III, se había labrado anteriormente una reputación y fortuna como campeón de torneos.
Quienes disfrutaban de los torneos aseguraban que eran muy útiles. ¿De qué otra manera podían los caballeros en tiempo de paz, practicar las artes de la guerra? Los torneos eran las mejores escuelas de armas. Además, sin ellos los caballeros habrían estado inquietos y pendencieros y es mucho más fácil que estallaran peleas y desordenes.

Si embargo, muchos reyes pensaban de otra manera. Para ellos los torneos eran acontecimientos perniciosos para el espíritu del caballero. Además provocaban peleas y enemistades entre los nobles; los que perdían acusaban a los que ganaban de dar golpes sucios y hacer trampas, y muchas veces, los ganadores se enfurecían de tal modo que golpeaban sin piedad a los perdedores.

Los reyes de Inglaterra solían prohibirlos excepto en ocasiones especiales.
La iglesia los desaprobaba aun más. En 1130, el Papa declaró que cualquier caballero que perdiera la vida en una lucha tan innecesaria contra otros cristianos no podría ser enterrado en terreno consagrada.
Se cuenta que en Neuss, Alemania, murieron en 1245, al menos 80 caballeros en un solo torneo.

Con el tiempo, los torneos fueron cayendo en desuso y sustituidos por las justas, duelos uno contra uno.

Los caballeros sujetaban la lanza firmemente bajo la axila, dirigían la punta contra su oponente y se lanzaban a la carga, con todo el peso del caballo y del jinete tras la afilada punta. Cada caballero trataba de golpear al contrario con la fuerza y la puntería suficientes para desmontarlo de la silla, lo que exigía una habilidad considerable. Estas competiciones eran más fáciles de observar y juzgar que los torneos y mucho menos más peligrosas. Los distintos tipos de justas terminaron por tener sus propias reglas y sus propias armaduras, se introdujeron yelmos más grandes y resistentes que habrían resultado demasiado incómodos y pesados para utilizarlos en batalla.

Es probable que las justas comenzaran el Alemania y se extendieran rápidamente por Europa occidental. Todavía se organizaba batallas fingidas, pero con un número de caballeros reducido y se celebraban en recintos cerrados donde todo el mundo los pudiera ver.

Los torneos y justas se fueron convirtiendo en espectáculos populares y grandes acontecimientos sociales. Por la noche se organizaban festejos y bailes. Con el tiempo aparecieron otro tipo de torneos al incluirse un elemento de ficción o fantasía. Así, el noble que daba el torneo decidía, por ejemplo, hacerlo a la manera de Arturo: él fingía ser el rey Arturo y sus invitados representaba los papeles de Caballeros de la Tabla redonda etc.

Emblemas, escudos, cotas y cimeras…..

Por lo que parece, fue a causa de los torneos por lo que los caballeros decidieron adoptar emblemas determinados y llevarlos para poder ser siempre reconocidos. Por otra parte, si la familia de un caballero llegaba a ser bastante conocida, a este le resultaba muy útil emplear el mismo emblema que el de su padre, para que todos se dieran cuenta de la relación.

Un cambio mucho más importante respecto en la vestimenta militar fue la introducción de largas túnicas sin mangas (llamadas cotas de armas) sobre la armadura. Los cruzados habían aprendido de los sarracenos que esto evitaba que el metal alcanzara una temperatura insoportable al sol, pero también tenía otra aplicación el Europa: podían pintarse o bordarse emblemas encima, tanto en el pecho como en la espalda. Además, en lo alto del yelmo podía colocarse un símbolo o cimera de un material ligero. Así, a finales del s. XII, reyes, nobles y caballeros podían ser reconocidos de lejos gracias a sus cimeras, escudos y cotas de armas. Estos mismos símbolos de sus armas les servían para los sellos con los que los escribanos garantizaban sus documentos.

Los torneos, estaban dando lugar a una nueva profesión. A medida que se fueron haciendo más espectaculares, los nobles que los organizaban tenían cada vez más preparativos que realizar. Tenían que asegurarse de que cada uno estaba donde debía de estar con respecto a su rango y ser tratado con el debido respeto debido a su rango, y también que los diferentes combates se llevaran a cabo sin confusiones. Para ello hacían falta personas con conocimientos especiales, que conocieran a todos los hombres importantes y pudieran identificar sus emblemas y que conocieran las reglas de comportamiento en todo tipo de torneos y justas. Estos hombres, eran los heraldos.

Estos expertos se fueron haciendo cada vez más útiles para los grandes señores y reyes que los empleaban. Mantenían registros de lo sucedido en cada torneo, de todos los caballeros y sus emblemas. Fueron ellos quienes empezaron a idear sistemas para disponer esos emblemas en los escudos o las cotas.

Además, mantenían un registro de todas estas cotas, por lo que al final terminaron convitiéndose, no sólo en acreditados expertos sobre las propias armas, sino en la genealogía y los lazos familiares de todos cuantos tenían derecho de armas. No sólo eran las grandes autoridades sobre el arte y la ciencia de lo que aún hoy llamamos heráldica, sino que eran los mayores expertos en las reglas de comportamiento caballeresco de los torneos y la guerra, y podían rastrear cuántas generaciones atrás procedía el título de un caballero.

Hay quien ha calificado a los heraldos de sumos sacerdotes de la caballería. Al añadir un toque de misterio a su conocimiento de las reglas de la caballería, la familia y las cotas de armas, la lengua especial de la heráldica contribuyó a crear la sensación de que se trataba de algo que había que honrar y reverenciar.

Así, en las guerras, los heraldos pasaban sin sufrir daño alguno por entre los ejércitos enemigos para llevar mensajes, y se les reconocía por sus brillantes tabardos. Eran respetados bajo grandes títulos, y el que estaba al frente de los heraldos de un reino recibía el nombre de Rey de Armas.