Relato de Fer – Fuegos en la Noche

Este es el escrito ganador del Primer puesto de nuestro Concurso de Relatos “Fuegos en la Noche”, escrito por Fer.

Que lo Disfruten.

Herido y humillado, así se sentía Cristian. Había sido perseguido durante tres noches seguidas por esos fanáticos asesinos de cainitas con el tal Guillermo al frente. Por lo que sabía el obispado de Zaragoza había enviado a ese bastardo como Inquisidor a Alagón para investigar al oscuro personaje que desde hacía años (siglos cuchicheaban las chismosas del lugar) habitaba el viejo castillo medieval, ya casi en ruinas, dirigiendo en muchos momentos el destino del pueblo.

-Guillermo, ten cuidado, creemos que ese engendro del diablo es uno de esos vampiros que trafican con la sangre y el alma de los buenos cristianos- le había dicho el Obispo.
-Monseñor, se perfectamente cual es mi trabajo. Tenga en cuenta que ya me he visto en esta tesitura en otras ocasiones y conozco de sobra el procedimiento a seguir.

Tres semanas más tarde ya había encerrado, torturado y quemado a tres seguidores de ese impío demonio en la plaza del pueblo, por los que sin duda circulaba la sangre del vampiro.
El espectáculo fue inenarrable, los malditos aguantaron ardiendo más de lo que ningún hombre de Dios lo hubiera hecho jamás, parecía que no morirían jamás, la agonía se prolongó casi hasta que el tercero de ellos, el último en morir, se convirtió en carbonilla.

Dos días más tarde el pueblo harto del miedo constante al que Cristian les sometía se levantó junto al Inquisidor para acabar con la tiranía del morador del viejo castillo. Después de arrasar la fortaleza con el azote implacable del fuego purificador, persiguieron hasta el bosque al engendro infernal. Durante las siguientes noches le acosaron como el gato al ratón y finalmente lo acorralaron en una cueva usada habitualmente por animales. Quedaban escasos minutos para el amanecer, justo el momento en el que Guillermo pretendía capturarle para evitar muertes innecesarias.

Si hubiera apenas luz podrían verle los ojos encendidos y casi dominados por la Bestia que constantemente le tentaba “Sal de aquí cobarde, enfréntate a esos deshechos con pretensiones. ¡Enséñales a comprender su lugar en el mundo! Devóralos a todos”. Cristian, en el último rincón de la cueva, en cuclillas y rodeando con sus brazos sus propias rodillas, temblaba y sudaba la poca vitae que todavía retenía en su interior. Los primeros rayos del sol hacían que pensara despacio, cada idea, cada imagen que pasaba por su cabeza, parecía que lo hiciera tan despacio que podía haber pasado un año entero entre una y otra. Pero la única que tenía en mente en estos últimos instantes era su viejo castillo ardiendo con los fuegos nocturnos que los malditos campesinos habían traído con su desfile de antorchas. Era irónico, después de haber superado con honores las múltiples batallas que había librado contra los moros, después de haber logrado su propio dominio superando a los muchos rivales de la sangre que codiciaban la que hasta ahora había sido su morada iba a ser destruido por simples humanos, a los que por culpa de ese maldito Guillermo ni siquiera podía acercarse, pues una horrible cruz de plata que portaba en el pecho le imposibilitaba aproximarse más de unos pocos metros a esa chusma. Ahora ni todos sus poderes, ni toda su sabiduría o inteligencia acumulada a lo largo de más de trescientos años, iban a sacarle de esa oscura y mugrienta cueva. El sueño le venció. Ahora Cristian del clan Lasombra, campeón de la Corona de Aragón, no era más que cenizas.